Aún no había cumplido veinte años y estaba envejecida, ajada, exprimida por los excesos y los golpes. La ciudad la veía siempre de lejos. En toda su vida sólo había entrado en ella dos veces. Allí no toleraban á las lobas. Consentían su permanencia junto al Fano de Afrodita como garantía para la seguridad de Sagunto, que así tenía alejadas á las gentes de todos los países que llegaban al puerto; pero en la ciudad, los iberos de puras costumbres se indignaban á la vista de las cortesanas, y los griegos corrompidos eran demasiado refinados en sus gustos para sentir misericordia ante aquellas vendedoras de amor que caían como bestias en celo al borde de un camino por un racimo de uvas ó un puñado de nueces.

Y allí, á la sombra del templo de Venus, transcurriría su vida, esperando siempre nuevas naves y hombres nuevos que caían sobre ella, velludos, obscenos y brutales como sátiros, mordidos por las abstinencias del mar, hasta que un día la asesinasen en una riña de marineros ó apareciese muerta de hambre al lado de una barca abandonada.

—Y tú ¿quién eres? —terminó diciendo Bachis—. ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Acteón: mi patria es Atenas. He corrido mucho mundo: en unas partes he sido soldado, en otras navegante: he peleado, he comerciado y hasta he compuesto versos y hablado con los filósofos de cosas que tú no entenderías. He sido rico muchas veces y ahora tú me das de comer. Ésa es toda mi historia.

Bachis le miraba con ojos de admiración, adivinando al través de sus concisas palabras todo un pasado de aventuras, de terribles peligros y de prodigiosos vaivenes de la fortuna. Recordaba las hazañas de Aquiles y la aventurera vida de Ulises, tantas veces oídas en los versos que declamaban los marineros griegos al sentirse ebrios.

La cortesana, reclinándose en el pecho de Acteón, acariciaba con una mano su cabellera. El griego, agradecido, sonreía fraternalmente á Bachis con la misma frialdad que si fuese una niña.

Dos marineros salieron de entre las chozas y comenzaron á tambalearse en el muelle. Un aullido penetrante que parecía desgarrar el aire, sonó junto á los oídos de Acteón. Su amiga, impulsada por la costumbre, con el instinto del vendedor que adivina de lejos al parroquiano, se había puesto de pie.

—Volveré, mi dueño. Me olvidaba de la terrible Lais. Tengo que darle su dinero antes que salga el sol. Me pegará como otras veces si no cumplo mi promesa. Espérame aquí.

Y repitiendo su aullido feroz, fué en busca de los marineros, que se habían detenido y saludaban con risotadas y palabras obscenas los gritos de la loba.

Al verse solo el griego, con el hambre aplacada, experimentó cierto disgusto pensando en su reciente aventura. ¡Acteón el ateniense, el que las hetarias más ricas de la hermosa ciudad se disputaban en el Cerámico, protegido y adorado por una ramera del puerto!... Para no volver á reunirse con ella, huyó de la escalinata, internándose en las callejuelas del puerto.