El griego se abalanzó á la comida y comenzó á devorar, seguido por la mirada de la loba, que se dulcificaba por momentos, tomando una expresión casi maternal.

—Quisiera ser tan rica como Sónnica, una que, según cuentan, comenzó como cualquiera de nosotras, y es dueña de muchas de esas naves, y tiene jardines asombrosos como el Olimpo, y tropas de esclavos, y fábricas de alfarería, y medio agro es de su propiedad. Quisiera ser rica aunque sólo fuese por esta noche, para regalarte con cuanto de bueno hay en el puerto y en la ciudad; para darte un banquete como los de Sónnica, que duran hasta el día, y donde tú, coronado de rosas, bebieses el Samos en copa de oro.

El griego, conmovido por la sencillez y la ingenuidad conque hablaba aquella infeliz, la miró con dulzura.

—No me lo agradezcas: yo soy quien debo darte gracias por la felicidad que me proporciona darte de comer... ¿Qué es esto? No lo sé. Nunca se aproximó á mí hombre alguno sin darme algo. Unos monedas de cobre, otros algún pedazo de tela ó una pátera de vino: los más golpes y mordiscos: todos me han dado algo, y yo sufría y los detestaba. Y tú que llegas pobre y hambriento, que no me buscas, que me rehuyes, que nada me das, ha bastado que estés junto á mí para que discurra por mi cuerpo una felicidad desconocida. Al darte de comer me siento ebria como si saliera de un festín. Dí, griego: ¿eres realmente un hombre ó eres el padre de los dioses que ha venido á honrarme descendiendo á la tierra?

Y exaltada por sus propias palabras, púsose en pie en mitad de la escalinata, y extendiendo sus brazos rígidos hacia el templo bañado por la luna, exclamó:

—¡Afrodita! ¡Mi diosa! Si algún día llego á reunir lo que cuestan dos palomas blancas, las presentaré en tu ara adornadas con flores y cintas de color de fuego, para recuerdo de esta noche.

El griego bebía el amargo líquido de la jarra y la tendió á la cortesana, que buscó en el barro el mismo sitio que habían rozado los labios de su compañero, para poner los suyos.

No tocó la parte de la cena que le presentaba el griego: únicamente siguió bebiendo, lo que parecía darla mayor locuacidad.

—¡Si supieras lo que me ha costado encontrar todo esto!... Las callejuelas están llenas de ebrios, que, revolcándose en el barro y arrastrándose sobre las manos, te rasgan las ropas y te muerden las piernas. El vino corre por fuera de las puertas de las hosterías. En el muelle reñían hace poco. Unos africanos curaban á un compañero, metiéndolo de cabeza en el agua: un celtíbero se la había abierto de un puñetazo. Á Tuga, una muchacha ibera, se divierten cogiéndola por los pies y metiéndola de cabeza en la crátera más grande de la taberna, hasta que la retiran medio ahogada por el vino. Es la diversión de siempre. Á la pobre Albura, una amiga mía, la he visto sentada en el suelo chorreando sangre, sosteniéndose en la palma de la mano un ojo que le había hecho saltar de un puñetazo un egipcio ebrio. ¡Lo de todas las noches! Y, sin embargo, ahora me da miedo: apenas si te conozco y parece que vivo en un mundo nuevo, que me doy cuenta por primera vez de lo que me rodea.

Y á continuación le relató su historia. La llamaban Bachis y no conocía con certeza su país. Había nacido sin duda en otro puerto, porque recordaba confusamente en los primeros años de su vida un largo viaje en una nave. Su madre debió ser alguna loba de puerto y ella el fruto del encuentro con un marinero. Aquel nombre de Bachis que le habían dado desde pequeña era el de muchas cortesanas famosas de Grecia. Una vieja la compró sin duda al piloto que la trajo á Sagunto, y niña aún, mucho antes de sentirse mujer, conoció el amor, viendo visitada la choza de la vieja por negociantes ancianos del puerto y libertinos de la ciudad que se recomendaban unos á otros aquel cuerpo infantil, débil y pobre, en el que aún no se marcaban los abultamientos del sexo. Al morir su dueña se hizo loba y pasó á poder de los marineros, de los pescadores, de los pastores de la inmediata sierra, de toda la muchedumbre brutal que pululaba en el puerto.