Y se inclinaba sobre el griego, acariciando con las endurecidas manos sus cabellos rizados, mientras él la examinaba con ojos de compasión, viendo su pecho deprimido, su regazo combado, en el que parecían haber impreso todos los pueblos la huella de su paso.
El extranjero, hambriento y solo en una tierra desconocida, se sentía atraído por la bondad de aquella infeliz: era la fraternidad de la miseria.
—Si deseas no estar sola, permanece á mi lado: habla lo que quieras, pero no me acaricies. Tengo hambre: nada comí desde el amanecer, y en este momento cambiaría todas las dulzuras de Citerea por la pitanza de cualquier marinero.
La ramera se incorporó á impulsos de la sorpresa.
—¿Hambre tú?... ¿Tú desfalleces de hambre cuando yo te creía alimentado con la ambrosía de Zeus?
Y sus ojos delataban el mismo asombro que si viera á Afrodita, la diosa de blancas desnudeces, guardada arriba en su templo, descender del pedestal de mármol, ofreciéndose con los brazos abiertos, por un óbolo, á los remeros del puerto.
—Espera, espera —dijo con resolución, después de reflexionar largo rato.
El griego vió como corría hacia las chozas, y cuando ya el cansancio y la debilidad comenzaban á cerrar sus ojos, la sintió otra vez junto á él, tocándole en un hombro.
—Toma, mi señor. Me ha costado mucho encontrar esto. La cruel Lais, una vieja horrible como las Parcas, que nos ayuda á vivir en los días difíciles, ha accedido á darme su cena después de hacerme jurar que á la salida del sol le entregaré dos sextercios. Come, amor; come y bebe.
Y colocaba sobre los peldaños un pan moreno en figura de disco, unos peces secos, medio queso saguntino blanco, tierno y rezumando suero, y una jarra de cerveza celtíbera.