Atormentado por el vaho de las viandas y las salsas, prefirió huir, arrancándose á aquel suplicio de Tántalo; y al retroceder tropezó con un hombre alto, sin más traje que un sagum obscuro y unas sandalias con las correas cruzadas hasta las rodillas. Parecía un pastor celtíbero; pero el griego, al tropezarse con él y cruzar una rápida mirada, sintió la impresión de que no veía por primera vez aquellos ojos imperiosos, que hacían pensar en los del águila posada á los pies de Zeus.

El griego levantó los hombros con indiferencia. Lo que deseaba era acallar el hambre, dormir si le era posible hasta la salida del sol. Y huyendo de aquella barriada miserable, iluminada y ruidosa, buscó un sitio donde descansar, y se encaminó al Fano de Afrodita. El templo, situado en lo alto de la colina, tenía una ancha escalinata de mármol azul, cuyo primer peldaño arrancaba del muelle.

El griego se sentó en la pulida piedra proponiéndose esperar allí la llegada del día. La luna iluminaba toda la parte alta del templo; los ruidos de las casas del puerto llegaban hasta él amortiguados, confundidos y como arrollados al través de la gran calma de la noche, en la que se fundían el lejano murmullo del mar, el estremecimiento rumoroso de los olivares y el monótono canto de las ranas albergadas en las marismas.

Varias veces oyó el griego un grito estridente y lúgubre, semejante al aullido del lobo. De repente, sonó á sus espaldas; su nuca sintió un soplo caliente, y al volverse vió una mujer que se inclinaba hacia él con las manos en las rodillas, sonriendo con una expresión estúpida que desgarraba su boca, dejando al descubierto las encías, en las que se marcaban algunos claros.

—Salud, hermoso extranjero. Te he visto huir del bullicio; debes fastidiarte en la soledad, y vengo en tu busca para que seas feliz. Qué... ¿no puede ser?

El griego la reconoció al momento. Era una loba del puerto, una de aquellas infelices que había visto pulular en los desembarcaderos de todos los pueblos; cortesanas cosmopolitas y miserables, amantes de una noche de hombres de todos colores y razas, sin más voluntad que la de caer de espaldas, con unos cuantos óbolos en la mano, sobre una piedra ó á la sombra de una barca; antiguas hetarias sumidas en el embrutecimiento, esclavas fugitivas buscando la libertad en la prostitución, la suciedad y la embriaguez; hembras que representaban el amor para los hombres crueles del mar; pobres bestias extenuadas de jóvenes por las excesivas caricias, y destinadas cuando viejas á ser tratadas á golpes.

El extranjero miraba aquella mujer todavía joven, y reconocía en ella algunos restos de belleza; pero enflaquecida, los ojos lacrimosos, la boca desfigurada por los dientes rotos. Iba envuelta en una amplia tela que debió ser de bellísimo tejido, pero sucia ya y deshilachada; sus pies estaban descalzos, y la enmarañada cabellera sosteníase con una peineta de cobre, á la que la infeliz había añadido algunas flores silvestres.

—Pierdes el tiempo viniendo aquí —dijo el griego con bondadosa sonrisa—. No tengo ni un óbolo en mi bolsa.

El acento dulce de aquel hombre, pareció intimidar á la pobre cortesana. Era una criatura acostumbrada á los golpes: para ella el hombre representaba el empellón brutal, el placer manifestado con mordiscos; y ante la dulzura del griego, se mostró desconcertada y recelosa, como si presintiera un peligro.

—¿No tienes dinero? —dijo con humildad después de un largo silencio—. No importa, aquí me tienes. Me gustas; soy tu esclava: entre toda esa gente que alborota en la hostería, mis ojos han ido á tí.