—Detente, hijo de Zeus —contestó la vieja en idioma heleno, desfigurado por la dureza de su acento y el silbido de su respiración entre las encías desdentadas—. Al momento conocí que eres griego. Todos los de tu país sois alegres y hermosos: tú pareces Apolo, buscando á sus celestes hermanas. Entra; aquí las encontrarás...
Y acercándose al extranjero para cogerle la orla de la clámide, enumeraba todos los encantos de sus pupilas iberas, baleares ó africanas; unas majestuosas y grandes como Juno, otras pequeñas y graciosas como las hetarias de Alejandría y Grecia; y al ver que el parroquiano se desasía y continuaba su camino, la vieja levantaba la voz, creyendo no haber acertado su gusto, y hablaba de jóvenes blancos y de luenga cabellera, hermosos como los muchachuelos sirios que se disputaban los elegantes de Atenas.
El griego había salido del tortuoso callejón, y todavía escuchaba la voz de la vieja, que parecía embriagarse impúdicamente con sus infames pregones. Estaba en el campo, al principio del camino de la ciudad. Tenía á su derecha la colina del templo, y al pie de ella, delante de la escalinata, vió una casa más grande que las otras, una hostería con la puerta y las ventanas iluminadas con lámparas de barro rojo.
Dentro, sentados en los poyos, veíanse marineros de todos los países, pidiendo de comer en lenguas distintas. Soldados romanos con su coselete de escamas de bronce, la corta espada pendiente del hombro, y á sus pies el casco, rematado por una cimera de rojas crines en forma de cepillo; remeros de Marsella casi desnudos, con el cuchillo medio oculto entre los pliegues del trapo anudado á sus riñones; marineros fenicios y cartagineses con ancho pantalón, alto gorro en forma de mitra y pesados pendientes de plata; negros de Alejandría, atléticos y de torpes movimientos, enseñando al sonreir sus agudos dientes, que hacían pensar en espantosas escenas de antropofagia; celtíberos é iberos, de sombrío traje y enmarañada cabellera, mirando recelosos á todos lados y llevando instintivamente la mano á la ancha cuchilla; algunos hombres rojos de las Galias, con luengos mostachos y las encendidas crines anudadas y caídas sobre el cogote; gente, en fin, llevada y traída por los azares de la guerra y del mar, de un punto á otro del mundo conocido; un día guerreros victoriosos y al otro esclavos; tan pronto marineros como piratas; sin ley ni nacionalidad; sin otro respeto que el miedo al jefe de la nave, pronto á ordenar los azotes y la cruz; sin más religión que la de la espada y los músculos; llevando en las heridas que cubrían sus cuerpos, en las largas cicatrices que surcaban sus músculos, en las orejas cortadas cubiertas por las sucias greñas, un pasado misterioso de horrores.
Comían de pie junto al mostrador, tras el cual se alineaban las ánforas con sus tapones de frescas hojas; otros, sentados en los bancos de mampostería á lo largo de las paredes, sostenían sobre sus rodillas el plato de barro. Los más se habían tendido sobre el vientre en el suelo, como fieras que se reparten la presa, y avanzaban sobre los grandes platos sus garras vellosas, crujiéndoles las mandíbulas entre palabra y palabra. Aún no se derramaba el vino ni habían pedido la presencia de mujeres. Comían y bebían con apetito de ogros, atormentados por la escasez de las largas travesías y extenuados moralmente por la brutal disciplina de las naves.
Viéndose amontonados en un estrecho espacio, apestados por el humo de las lámparas y los vapores de los platos, sentían la necesidad de comunicarse; y entre bocado y bocado, cada cual hablaba á su vecino sin reparar en la diferencia de idioma, acabando por entenderse todos en una lengua compuesta de más gestos que palabras. Un cartaginés relataba á un griego su último viaje á las islas del Mar Grande, más allá de las columnas de Hércules, por un mar gris y cubierto de nieblas, hasta llegar á unas abruptas costas, sólo conocidas por los pilotos de su país, donde se encontraba el estaño. Más allá, un negro, con grotesca mímica, contaba á dos celtíberos una excursión á lo largo del mar Rojo, hasta llegar á misteriosas playas, desiertas de día, pero cubiertas de noche por movibles fuegos y habitadas por hombres velludos y ágiles como monos, cuyas pieles, rellenas de paja, se llevaban á los templos de Egipto para ofrecerlas á los dioses. Los soldados romanos más viejos, contaban su gran victoria de las islas Egatas, que arrojó á los cartagineses de Sicilia, terminando la guerra; y no les importaba, en su insolencia de vencedores, la presencia de los humillados cartagineses que los escuchaban. Los pastores iberos, mezclados entre los navegantes, querían aminorar el efecto de las aventuras marítimas y hablaban de los caballos de la tribu y de sus prodigios de rapidez, mientras algún griego pequeño, vivaracho y mordaz, para anonadar á los bárbaros y demostrar la superioridad de su raza, rompía á declamar fragmentos de alguna oda aprendida en el puerto de Pireo ó entonaba una melopea lenta y dulce que se perdía entre el rumor de las conversaciones, el crujido de mandíbulas y el choque de los platos.
Pedían más luz: cada vez se hacía más densa la atmósfera humosa de la hostería, y las llamas de las lámparas se marcaban apenas como gotas de sangre sobre las paredes negras de hollín. De la inmediata cocina llegaba un vaho de salsas picantes y leña humosa, que hacía llorar y toser á muchos parroquianos. Algunos estaban ebrios á poco de comenzar la comida, y pedían coronas de flores á los esclavos para adornarse como en los banquetes de los ricos. Otros aplaudían con rugidos al ver cómo se iluminaba el antro con el resplandor sangriento de las teas que encendía el dueño. Los esclavos agitábanse tras el mostrador de piedra, volcando las grandes ánforas, y corrían á la cocina para salir inmediatamente rojos de asfixia, sosteniendo los grandes platos. Esparcíase el vino por el suelo al volcarse una crátera, y de vez en cuando, al asomar en las ventanas las pintadas caras de algunas rameras —lobas del puerto que esperaban el momento de hacer irrupción en la hostería—, los marineros las saludaban con grandes risotadas, imitando el aullido de la bestia cuyo nombre las servía de apodo, y arrojábanlas parte de su comida, que se disputaban ellas entre arañazos y chillidos.
Los platos eran todos excitantes, propios para acompañar con un sorbo cada bocado. Los griegos comían caracoles nadando en salsa de azafrán; las sardinas frescas del golfo aparecían en rueda sobre los platos, festoneadas de hojas de laurel; las coronas de pájaros se servían cubiertas de salsa verde; los pastores iberos se contentaban con peces secos y queso duro; los romanos y galos devoraban grandes trozos de cordero chorreando sangre; presentábanse las anguilas de los lagos del puerto con adornos de huevos cocidos; y todos estos platos y otros más, iban cargados de sal, de pimienta, de hierbas de olor acre, á las cuales atribuían las más extrañas cualidades. Todos sentían la necesidad de gastar su dinero, de hartarse y rodar ebrios por el suelo, consolándose así de la dura vida de privaciones que les esperaba en los barcos. Los romanos que partían al día siguiente, habían cobrado las pagas atrasadas y querían dejar sus sextercios en el puerto de Sagunto; los cartagineses hablaban con orgullo de su República, la más rica del mundo, y los demás marineros elogiaban á sus patrones, siempre generosos cuando tocaban en aquel puerto, de excelentes negocios. El hostelero iba arrojando sin cesar en el fondo de una ánfora vacía monedas de todas clases, lo mismo de Zazintho, con la proa de nave y la Victoria volando sobre ella, como de Cartago, con el caballo legendario y los espantosos dioses kabiros ó de Alejandría, con el elegante perfil de los Ptolomeos.
Los más burdos remeros sentían caprichos de potentado, la comezón de imitar durante una noche á los ricos para consolarse en los días de hambre con este recuerdo, y pedían ostras de Lucrino, que algunas naves traían en ánforas con agua de mar para los grandes comerciantes de Sagunto, ó el oxigarum, que los patricios de Roma pagaban á considerable precio; tripas de pescado salado preparadas con vinagre y especias que despertaban el apetito. El vino negro de Laurona y el de color de rosa del agro saguntino, parecían despreciables á los que tenían dinero. Despreciaban igualmente el de Marsella, hablando de la pez y el yeso con que lo preparaban, y pedían vinos de la Campania, Falerno, Massica ó Cecubo, que, á pesar de su precio, bebían en cimbas, vasos de barro saguntino en forma de barca, que contenían gran cantidad de líquido. Y junto con los platos calientes y la variedad de bebidas, desde la cerveza celtíbera á los vinos extranjeros, aquellos hombres devoraban grandes cantidades de verduras y frutas, hambrientos, por las largas permanencias en el mar, de los productos de los campos. Se arrojaban sobre los platos cubiertos de hongos, comían á puñados los rábanos aderezados con vinagre, los puerros, las acelgas y los ajos, y los montones de frescas lechugas de las huertas del agro desaparecían, dejando cubierto el suelo de hojas verdes y sucias de tierra.
El griego contemplaba este espectáculo desde la puerta, confundido con unos cuantos marineros que no encontraban sitio en la hostería. Á la vista del rudo banquete, el extranjero recordaba que no había comido desde por la mañana, cuando el encargado de los remeros de la nave de Polyantho le dió un pedazo de pan. La novedad del desembarco en una tierra desconocida, había hecho callar su estómago, acostumbrado á las privaciones; pero ahora, á la vista de tantos manjares, sentía el zarpazo del hambre, é instintivamente avanzaba un pie dentro de la hostería, retirándolo inmediatamente. ¿Para qué entrar? La bolsa que colgaba sobre su vientre contenía papirus atestiguando sus hechos pasados; tabletas para anotaciones que ayudasen su memoria: hasta guardaba en ella las pinzas de depilar y un peine, todos los menudos objetos de que no se despojaba un buen griego, amante del cuidado personal; pero por más que buscase en ella, no encontraría un óbolo. En la nave le habían admitido gratuítamente al verle vagabundo en los muelles de Cartago-Nova, porque el piloto respetaba á los griegos de la Ática; se veía solo y hambriento en un país desconocido, y si entraba en la hostería queriendo comer sin presentar dinero, le tratarían como un esclavo, arrojándole á palos.