El griego no pudo oir más. Los dos artesanos habían desaparecido entre las chozas, y el eco de su disputa se perdió á lo lejos.
El extranjero se vió completamente solo en aquel puerto desconocido. Los muelles estaban desiertos; comenzaban á brillar algunos faroles en las popas de las naves, y á lo lejos, sobre las aguas del golfo, se elevaba la luna como un disco enorme de color de miel. Únicamente en el pequeño puerto de los pescadores, había alguna animación. Las mujeres, desnudas de cintura arriba, y oprimiendo entre las piernas el guiñapo que les servía de túnica, se metían en el agua hasta las rodillas para lavar el pescado, y colocándolo después en anchas cestas sobre su cabeza, emprendían la marcha, arrastrando á sus pequeñuelos panzudos y en cueros. De las naves, inmóviles y silenciosas, salían grupos de hombres que se encaminaban á la población miserable extendida al pie del templo. Eran marineros que iban en busca de las tabernas y lupanares.
El griego conocía bien aquellas costumbres. Era un puerto igual á los muchos que había visto. El templo en lo alto para servir de guía al navegante; y abajo el vino á punto, el amor fácil y la riña sangrienta, como terminación de la fiesta. Pensó un momento en emprender la marcha á la ciudad; pero estaba muy lejos, desconocía el camino, y prefirió quedarse allí, durmiendo en cualquier parte hasta que saliera el sol.
Había entrado en los tortuosos callejones que formaban las chozas construídas al azar, como si hubieran caído en tropel del cielo, con sus paredes de tierra y techumbres de paja y cañas, con estrechos tragaluces, y sin otra puerta que unos cuantos harapos recosidos ó un tapiz deshilachado. En algunas, de exterior menos miserable, vivían los modestos traficantes del puerto, los que servían las vituallas á las naves, los corredores de granos y los que, ayudados por algunos esclavos, traían los toneles de agua desde las fuentes del valle á las embarcaciones. Pero la mayoría de las casuchas eran tabernas, hospederías y lupanares.
Algunas casas tenían junto á las puertas inscripciones en griego, en ibero y en latín, pintadas con almazarrón.
El griego oyó que le llamaban. Era un hombrecillo gordo y calvo que le hacía señas desde la puerta de su vivienda.
—Salud, hijo de Atenas —decía para halagarle con el nombre de la ciudad más famosa de la Grecia—. Pasa adelante; estarás entre los tuyos, pues también mis ascendientes vinieron de allá. Mira la muestra de mi taberna, «Á Palas Athenea». Aquí encontrarás el vino de Laurona, tan excelente como los de la Ática: si quieres probar la cerveza celtíbera, también la tengo, y hasta si lo deseas, puedo servirte cierto frasco de vino de Samos, tan auténtico como la diosa de Atenas que adorna mi mostrador.
El griego contestó con una sonrisa y un movimiento negativo, casi al mismo tiempo que el tabernero locuaz se introducía en su tugurio, levantando el tapiz para dejar paso á un grupo de marineros.
Á los pocos pasos volvió á detenerse, atraído por un silbido tenue que parecía llamarle desde el fondo de una cabaña. Una vieja arrebujada en un manto negro, le hacía señas desde la puerta. En el interior, á la luz de una lámpara de barro colgada de una cadenilla, veíanse varias mujeres en cuclillas sobre esteras, en la actitud de bestias resignadas, sin otra vida que la sonrisa inmóvil que hacía brillar sus dientes.
—Voy de prisa, buena madre —dijo el extranjero riendo.