—Son los más sabios, los más audaces; tienen algo de divino en sus personas —dijo sentenciosamente el zapatero—. Fíjate si no en ese que viene detrás de nosotros. Va vestido pobremente; tal vez en su bolsa no tiene dos óbolos para cenar; puede que duerma á cielo raso, y sin embargo, parece Zeus que haya bajado disfrazado del cielo para visitarnos.
Los dos artesanos volvieron la vista instintivamente para mirar al griego; y siguieron adelante. Habían llegado junto á las chozas que formaban una animada población en torno del puerto.
—Hay otra razón —dijo el talabartero— para la guerra que nos divide. No es el odio únicamente entre griegos é iberos; es que unos quieren que seamos amigos de Roma y otros de Cartago.
—Ni con unos ni con otros —dijo sentenciosamente el zapatero—. Tranquilos y comerciando como en otros tiempos, es como mejor prosperaríamos. El habernos llevado á la amistad con Roma, es lo que yo reprocho á los griegos de Sagunto.
—Roma es la vencedora.
—Sí, pero está muy lejos, y los cartagineses están casi á nuestras puertas. Sus tropas de Cartago-Nova pueden venir aquí en unas cuantas jornadas.
—Roma es nuestra aliada y nos protege. Sus legados, que parten mañana, han dado fin á nuestras revueltas, decapitando á los ciudadanos que turbaban la paz de la ciudad.
—Sí; pero esos ciudadanos eran amigos de Cartago y antiguos protegidos de Hamílcar. Hanníbal no olvidará fácilmente á los amigos de su padre.
—¡Bah! Cartago quiere paz y mucho comercio para enriquecerse. Después de su fracaso de Sicilia, teme á Roma.
—Temerán los senadores, pero el hijo de Hamílcar es muy joven, y á mí me dan miedo esos muchachos convertidos en caudillos, que olvidan el vino y el amor para soñar sólo con la gloria.