—Ahora dicen que viviremos más tranquilos, después de la intervención de los romanos. Los legados de Roma han hecho cortar unas cuantas cabezas y afirman que con esto tendremos paz.

Detuviéronse los dos un instante y volvieron la cabeza para mirar la libúrnica romana, que apenas si se veía junto á la torre del puerto, envuelta en las sombras de la noche. Después siguieron caminando con lentitud, como si reflexionasen.

—Ya sabes —continuó uno de ellos— que no soy más que un zapatero que tiene su tienda cerca del Foro y ha podido reunir un saco de victoriatos de plata para darse una vejez tranquila y pasar la tarde en el puerto con la caña en la mano. No sé lo que esos retóricos que se pasean por fuera de la muralla de la ciudad, disputando y gritando como Furias, ni pienso como los filósofos que se agrupan en los pórticos del Foro para reñir, entre las burlas de los comerciantes, por si tiene más razón éste ó aquél de los hombres que allá en Atenas se ocupan de tales cosas. Pero con toda mi ignorancia, yo me pregunto, vecino: ¿por qué estas luchas entre hombres que vivimos en la misma ciudad y debemos tratarnos como buenos hermanos?... ¿Por qué?

Y el camarada del zapatero contestaba con fuertes cabezadas de asentimiento.

—Yo comprendo —continuó el artesano— que de vez en cuando estemos en guerra con nuestros vecinos los turdetanos. Unas veces por cuestión de riegos, otras por los pastos, y las más por los límites del territorio y por impedirles que disfruten de este hermoso puerto, comprendo que se armen los ciudadanos, que busquen la pelea y salgan á arrasarles los campos y quemarles las chozas. Al fin esa gente no es de nuestra raza, y así es como se hace respetar una gran ciudad. Además, la guerra proporciona esclavos que muchas veces escasean; y sin esclavos ¿qué haríamos los hombres... los ciudadanos?

—Yo soy más pobre que tú, vecino —dijo el otro pescador—. El hacer sillas de caballo no me produce tanto como á tí los zapatos; pero mi pobreza me permite tener un esclavo turdetano, que me ayuda mucho, y quiero la guerra porque aumenta considerablemente mi trabajo.

—La guerra con los vecinos; sea en buena hora. La juventud se fortalece y busca distinguirse; la república adquiere importancia, y todos, después de correr por valles y montes, compran zapatos y hacen componer las sillas de sus caballos. Muy bien; así marchan los negocios. ¿Pero por qué estamos hace más de un año convirtiendo el Foro en campo de batalla y cada calle en una fortaleza? Á lo mejor estás en tu tienda encareciendo á una ciudadana la elegancia de unas sandalias de papiro á la moda asiática, ó de unos coturnos griegos de gran majestad, cuando oyes en la inmediata plaza choque de armas, gritos, exclamaciones de muerte, y ¡á cerrar en seguida la puerta para que un dardo perdido no te deje clavado en tu asiento! ¿Y por qué? ¿Qué motivo existe para vivir como perros y gatos en el seno de esta Zazintho, tan tranquila y laboriosa antes?

—La soberbia y la riqueza de los griegos... —comenzó á decir el compañero.

—Sí; ya conozco esa razón. El odio entre iberos y griegos; la creencia de que éstos, por sus riquezas y sabiduría, dominan y explotan á aquéllos... ¡Como si en la ciudad existiesen realmente iberos y griegos!... Iberos son los que están detrás de esas montañas que nos cierran el horizonte; griego es ese que hemos visto desembarcar y viene tras de nuestros pasos; pero nosotros no somos más que hijos de Zazintho ó de Sagunto, como quieran llamar á nuestra ciudad. Somos el resultado de mil encuentros por tierra y por mar, y Júpiter se vería apurado para decir quiénes fueron nuestros abuelos. Desde que á Zazintho le mordió la serpiente en esos campos y nuestro padre Hércules levantó los grandes muros de la Acrópolis, ¿quién puede marcar las gentes que aquí han venido y aquí se han quedado, á pesar de que otros llegaron después para arrebatarles el dominio de los campos y las minas? Aquí vinieron las gentes de Tiro con sus naves de vela roja en busca de la plata del interior; los marineros de Zante huyendo con sus familias de los tiranos de su país; los rótulos de Ardea, gentes de Italia, que eran poderosas en los tiempos en que aún no existía Roma; cartagineses de la época en que pensaban más en el comercio que en las armas... ¡y qué sé yo cuántas gentes más! Hay que oirlo á los pedagogos cuando explican la historia en el pórtico del templo de Diana. Yo mismo, ¿sé acaso si soy griego ó ibero? Mi abuelo fué un liberto de Sicilia que vino para encargarse de una fábrica de alfarería y se casó con una celtíbera del interior. Mi madre era una lusitana que llegó en una expedición para vender oro en polvo á unos mercaderes de Alejandría. Yo me limito á ser saguntino como los demás. Los que se consideran iberos en Sagunto creen en los dioses de los griegos; los griegos adoptan sin sentirlo muchas costumbres ibéricas; se creen diferentes porque han partido en dos á la ciudad y viven separados; pero sus fiestas son las mismas, y en las próximas Panatheas verás juntas con las hijas de los comerciantes helenos á las de esos ciudadanos que cultivan la tierra, visten de paño burdo y se dejan crecer la barba para semejarse más á las tribus del interior.

—Sí, pero los griegos todo lo invaden, son los dueños de todo, se han apoderado de la vida de la ciudad.