—Todos te lo agradecemos —dijo Lacaro riendo—. ¡Salve, Polyantho; que Neptuno te sea propicio!

Y los dos jinetes partieron al galope, perdiéndose entre las chozas agrupadas al pie del templo de Afrodita.

Mientras tanto, uno de los pasajeros de la nave salió de ésta, abriéndose paso entre la multitud agolpada frente al buque. Era un griego: todos conocieron su origen en el pileos que cubría su cabeza; un casquete cónico de cuero, semejante al de Ulises en las pinturas griegas. Vestía una túnica obscura y corta, ajustada sobre los riñones por una correa, de la que pendía una bolsa. La clámide, que no llegaba á sus rodillas, estaba sujeta sobre el hombro derecho por un broche de cobre; unos zapatos de correas usadas y polvorientas cubrían sus desnudos pies, y sus brazos membrudos y cuidadosamente depilados se apoyaban al quedar inmóvil en un gran dardo que casi era una lanza. Los cabellos, cortos y rizados en gruesos bucles, se escapaban por debajo del pileos, formando una hueca corona en torno de su cabeza. Eran negros, pero brillaban en ellos algunas canas, así como en la barba ancha y corta que rodeaba su rostro. Llevaba el labio superior cuidadosamente afeitado, á usanza ateniense.

Era un hombre fuerte y ágil, en plena virilidad sana y robusta. En sus ojos, de mirada irónica, había algo de ese fuego que revela á los hombres nacidos para la lucha y el mando. Caminaba con soltura por aquel puerto desconocido, como viajero habituado á toda clase de contrastes y sorpresas.

El sol comenzaba á ocultarse, y las faenas del puerto habían cesado, retirándose lentamente la muchedumbre que ocupaba los muelles. Pasaban junto al extranjero los rebaños de esclavos limpiándose el sudor y dilatando sus miembros doloridos. Guiados por el palo de sus guardianes, iban á encerrarse hasta la mañana siguiente en las cuevas del monte inmediato ó en los molinos de aceite, más allá de las tabernas de marineros, hospederías y lupanares, que agrupaban sus muros de tierra y sus techos de tablas al pie de la colina de Afrodita como un complemento del puerto.

Los comerciantes retirábanse también en busca de sus caballos y carros para trasladarse á la ciudad. Pasaban en grupos consultando las apuntaciones de sus tablillas y discutiendo las operaciones del día. Sus diversos tipos, trajes y actitudes, delataban la gran mezcla de razas de Zazintho, ciudad comercial, á la que de antiguo afluían las naves del Mediterráneo, y cuyo tráfico luchaba con el de Ampurias y Marsella. Los mercaderes asiáticos y africanos que recibían el marfil, las plumas de avestruz y las especias y perfumes para los ricos de la ciudad, se distinguían por su paso majestuoso, las túnicas con flores y pájaros de oro, los verdes borceguíes, las altas tiaras llenas de bordados y la barba descendiendo sobre el pecho en ondas horizontales de menudos rizos. Los griegos charlaban y reían con incesante movilidad, tomando á broma sus negocios y abrumando con sus palabras á los exportadores iberos, graves, barbudos, huraños, vestidos de lana burda, y que con su silencio, parecían protestar de aquel chaparrón de inútiles palabras.

Los muelles quedaban desiertos por momentos. Toda su vida afluía al camino de la ciudad, donde, entre nubes de polvo, galopaban caballos, rodaban carros y pasaban con menudo trote los borriquillos africanos, llevando en sus lomos algún ciudadano corpulento sentado como una mujer.

El griego seguía lentamente por el muelle tras dos hombres vestidos con túnica corta, borceguíes y un sombrerillo cónico de alas caídas, semejante al de los pastores helenos. Eran dos artesanos de la ciudad. Habían pasado el día pescando y volvían á sus casas, mirando con mal disimulado orgullo sus cestas, en cuyo fondo coleaban unos cuantos barbos, revueltos con delgadas anguilas. Hablaban en ibero, mezclando á cada punto en su conversación palabras griegas y latinas. Era el lenguaje usual de aquella antigua colonia, en continuo contacto por el comercio con los principales pueblos de la tierra. El griego, al seguirles por el muelle, atendía á su conversación con la curiosidad de un extranjero.

—Vendrás en mi carro, amigo —decía uno de ellos—. En la hostería de Abiliana tengo mi asno, que, como sabes, es la envidia de mis vecinos. Aún llegaremos á la ciudad antes que cierren las puertas.

—Mucho te lo agradezco, vecino. No es prudente caminar solo, cuando pululan en nuestros campos los aventureros que tomamos á sueldo para las guerras con los turdetanos, y toda la mala gente huída de la ciudad después de las últimas revueltas. Anteayer, ya sabes que apareció en un camino el cadáver de Acteio, el barbero del Foro. Le asesinaron para robarle cuando volvía al anochecer de su casita del campo.