La nave resbaló por el puerto como un insecto enorme, abriendo las aguas silenciosas y muertas con la proa que poco antes atormentaban las olas del golfo.
Al anclar junto al malecón y echar el puente de tablas, los remeros tuvieron que repeler á palos á la multitud, que se empujaba queriendo penetrar en la nave.
El piloto daba órdenes desde la popa: su roja envoltura iba de un lado á otro como una mancha inflamada por el sol poniente.
—¡Eh, Polyantho!... Bienvenido seas, navegante. ¿Qué es lo que traes?
El piloto vió en la orilla á dos jóvenes á caballo. El que le hablaba iba envuelto en un manto blanco: una de sus puntas le cubría la cabeza, dejando al descubierto la barba rizada en bucles y lustrosa de perfumes. El otro oprimía los lomos del corcel con sus piernas desnudas y fuertes; vestía el sagum de los celtíberos, una corta túnica de lana, sobre la cual saltaba su ancha espada suspendida del hombro; y su cabellera desgreñada é hirsuta lo mismo que su barba, encuadraban un rostro varonil y tostado.
—¡Salud, Lacaro; salud, Alorco! —contestó el piloto, con expresión de respeto—. ¿Veréis á Sónnica mi ama?
—Esta misma noche —contestó Lacaro—. Cenamos en su casa de campo... ¿Qué traes?
—Decidla que traigo plomo argentífero de Cartago-Nova y lana de la Bética. Excelente viaje.
Los dos jóvenes tiraron de las riendas á sus caballos.
—¡Ah! esperad —añadió Polyantho—. Decidla también que no olvidé su encargo. Aquí traigo lo que tanto deseáis: las danzarinas de Gades.