Reinaba en el puerto la agitación del trabajo. Dos naves de Marsella cargaban vino en la laguna grande; una de Liburnia hacía acopio de barros saguntinos y de higos secos para venderlos en Roma; y una galera de Cartago guardaba en sus entrañas grandes barras de plata traídas de las minas de la Celtiberia. Otras naves, con las velas plegadas y las filas de remos caídas en sus costados, permanecían inmóviles junto al malecón, como grandes pájaros dormidos, balanceando dulcemente sus proas de cabeza de cocodrilo ó de caballo, usadas por la marina de Alejandría, ú ostentando en el tajamar un espantable enano rojo, semejante al que adornaba la nave del fenicio Cadmus en sus asombrosas correrías por los mares.
Los esclavos, encorvados bajo el peso de ánforas, fardos y lingotes, sin otra vestidura que un cinturón lumbar y una caperuza blanca, al aire la atormentada y sudorosa musculatura, pasaban en incesante rosario por las tablas tendidas desde el pretil á las naves, trasladando al cóncavo vientre de éstas las mercancías amontonadas en el muelle.
En medio del gran lago central alzábase una torre guardando la entrada del puerto; una robusta fábrica que hundía sus sillares en las aguas más profundas. Amarrada á las anillas que adornaban sus muros, balanceábase una nave de guerra, una libúrnica alta de popa, la proa de cabeza de carnero, plegada la vela de grandes cuadros, un castillo almenado junto al mástil, y en las bordas, formando doble fila, los escudos de los classiari, soldados destinados á los combates marítimos. Era una nave romana que al amanecer el día siguiente había de llevarse á los embajadores enviados por la gran República para mediar en las turbulencias que agitaban Sagunto.
En el segundo lago —una tranquila plaza de agua donde se construían y reparaban las embarcaciones— sonaban los mazos de los calafates sobre la madera. Como monstruos enfermos veíanse las galeras desarboladas, tendidas de costado en la ribera, mostrando por los rasguños de sus flancos el fuerte costillaje ó la embreada negrura de sus entrañas. Y en el tercer lago, el más pequeño y de aguas sucias, anclaban las barcas de los pescadores, revoloteaban en caprichoso tropel las gaviotas, abatiéndose sobre los despojos que flotaban á ras de la superficie; y en la orilla agolpábanse mujeres, viejos y niños, esperando la llegada de las barcas con pescado del golfo Sucronense, que era vendido en el interior á las tribus más avanzadas de la Celtiberia.
La llegada de la nave saguntina había apartado de sus quehaceres á toda la gente del puerto. Los esclavos trabajaban con lentitud, viendo á sus vigilantes distraídos por la entrada de la nave; y hasta los calmosos ciudadanos que sentados en el malecón, caña en mano, intentaban cautivar las gruesas anguilas del lago, olvidaban la pesca para seguir con su mirada el avance de la Victoriata. Ya estaba en el canal. No se veía su casco. El mástil, con la vela inmóvil, pasaba por encima de los altos cañaverales que bordeaban la entrada del puerto.
Reinaba el silencio de la tarde, interrumpido por el monótono canto de las innumerables ranas albergadas en las tierras pantanosas y el parloteo de los pájaros que revoloteaban en los olivares inmediatos al Fano de Afrodita. Los martillazos del arsenal sonaban cada vez más lentos: la gente del puerto callaba, siguiendo la marcha de la nave de Polyantho. Al salvar la Victoriata la aguda revuelta del canal, asomó en el puerto la dorada imagen de la proa y los primeros remos, enormes patas rojas, apoyándose en la tersa superficie con una fuerza que levantaba espumas.
La muchedumbre, entre la que se agitaban las familias de los marineros, prorrumpió en aclamaciones al entrar la nave en el puerto.
—¡Salud, Polyantho! ¡Bienvenido, hijo de Afrodita!... ¡Que Sónnica tu señora te colme de bienes!
Los muchachos desnudos, de piel tostada, se arrojaban de cabeza á la laguna, nadando como un tropel de pequeños tritones en torno de la nave.
La gente del puerto alababa á su compatriota Polyantho, encareciendo su habilidad. Nada faltaba en su nave: bien podía estar satisfecha de su liberto la rica Sónnica. En la punta más avanzada del buque, el proreta, inmóvil como una estatua, escrutando con rápida mirada para avisar la presencia de obstáculos: la marinería, desnuda, encorvando sobre los remos las sudorosas espaldas que relucían al sol; y en lo más alto de la popa, el gubernator, el mismo Polyantho, insensible al cansancio, envuelto en una amplia tela roja, en la diestra el gobernalle del timón y en la otra mano un cetro blanco que agitaba acompasadamente, marcando el movimiento á los remeros. Junto al mástil agrupábanse hombres de extraños trajes, mujeres inmóviles arrebujadas en amplios mantos.