Transcurrieron algunos días sin que se reanudaran las hostilidades por la parte del río. Las máquinas de guerra se habían trasladado al pie del monte, y enviaban sus pesados proyectiles contra los muros más extremos de la Acrópolis. Estos eran viejos y no habían sido reparados, por fiar los saguntinos en lo inexpugnable de la altura.

Además, el número de defensores no bastaba para atender al extenso recinto de Sagunto, mientras el sitiador disponía de una inmensa muchedumbre armada que podía lanzarse sobre varios puntos á la vez.

Una noche, Acteón encontró en el Foro á Sónnica que le buscaba, seguida de Alco el Prudente.

—Los Ancianos necesitan de tí —dijo con tristeza la hermosa griega—. He aquí Alco, que desea hablarte.

—Escucha, ateniense —dijo con gravedad el saguntino—. Los días pasan y no llega de Roma el necesario socorro. ¿Es que nuestros legados no pudieron llegar al territorio de la nación aliada, y el Senado de la gran República ignora nuestra situación? ¿Es que en Roma se imaginan que Hanníbal, arrepentido de su audacia, ha levantado el sitio?... Necesitamos saber qué es lo que nuestra aliada piensa de nosotros; queremos que el Senado de Roma conozca detalladamente lo que hace Sagunto; y los Ancianos, por indicación mía, han pensado en tí.

—¿En mí?... ¿Y qué quieren? —preguntó Acteón con extrañeza, mirando á la triste Sónnica.

—Quieren que esta misma noche partas para Roma. Aquí tienes oro: toma estas tablillas que servirán para que el Senado te reconozca como mensajero de Sagunto. No te enviamos á una fiesta. La salida es difícil, y más difícil aún encontrar en estas costas infestadas de enemigos, quien te lleve hasta Roma. Debes partir esta noche; ahora mismo si es posible, descolgándote de las murallas de la Acrópolis por la parte opuesta del monte, donde apenas hay enemigos. Mañana, tal vez sea tarde. Huye y vuelve pronto con el auxilio ansiado.

Acteón tomó el oro y las tablillas que le ofrecía Alco, pero no sin excusarse, comprendiendo la gravedad de la misión.

—Nadie mejor que tú puede hacer esto —dijo el saguntino—. Por eso he pensado en tí. Has pasado tu vida corriendo el mundo; hablas muchas lenguas y no te faltan astucia y valor... ¿Conoces Roma?

—No: el padre de mi padre hizo la guerra contra ella, á las órdenes de Pirro.