—Ve, pues, ahora á ella como amigo, como aliado, y quieran los dioses que algún día bendigamos el momento en que llegaste á Sagunto.

Acteón no parecía resuelto á partir. Le pesaba como una vergüenza abandonar la ciudad en aquel trance supremo, dejar á Sónnica dentro de una población sitiada.

—Yo soy un extranjero, Alco —dijo con sencillez—. Ningún vínculo de sangre me une á vuestra suerte. ¿No temes que huya para siempre dejándoos abandonados?

—No, ateniense: te conozco y por esto he respondido de tu fidelidad ante los Ancianos. Sónnica también ha jurado que volverás si no se apoderan de tí los enemigos.

El griego miró á su amada como preguntándola si debía partir, y ella bajó la cabeza, resignada ante el sacrificio. Acteón, después de esto se mostró resuelto.

—Salud, Alco. Dí á los Ancianos que el ateniense Acteón será crucificado en el campo de Hanníbal ó comparecerá ante el Senado de Roma repitiendo vuestras quejas.

Besó á Sónnica en los ojos varias veces, y la hermosa griega, conteniendo sus lágrimas, quiso seguirle con Alco hasta lo alto de la Acrópolis, para verle algunos momentos más.

Marcharon los tres en la obscuridad, por las explanadas de la ciudad antigua, á lo largo de los muros de la Acrópolis. Habían apagado su antorcha para no llamar la atención de los sitiadores y caminaban guiados por la difusa luz de las estrellas, que parecían brillar con más intensidad, como aguzadas por el frío de aquella noche, que era de las primeras de invierno.

Alco buscaba un lugar de la muralla que le habían indicado los Ancianos más conocedores de la Acrópolis. Cuando llegaron á él, el saguntino encontró á tientas el extremo de una gruesa soga atada á una almena y lo arrojó en el espacio.

La partida se verificaba en el más absoluto secreto. Los mismos Ancianos que habían acordado el viaje del mensajero y preparado su fuga, se ocultaban para no presenciarla. Sónnica se abrazó sollozando al cuello de Acteón.