—Parte pronto, ateniense —dijo el saguntino con impaciencia—. Esta primera hora de la noche es la mejor; aún circulan por el campo grupos de soldados antes de entregarse al sueño. Ahora pasarás sin que te reconozcan: más tarde, en el silencio de la noche, te sorprenderían los centinelas.
Acteón se libró de los brazos de Sónnica, y echando el cuerpo fuera de los muros, agarró la cuerda en la obscuridad.
—Ten confianza en nuestros dioses —dijo Alco como última recomendación—. Aunque parezca que nos abandonan, siempre velan por Sagunto. Hace poco, un esclavo fugitivo del campamento, ha revelado ante los Ancianos que los Vaceos y los Calpenses, hartos de sufrir las rapiñas de los destacamentos que Hanníbal envía para adquirir víveres, se han sublevado contra él, degollando á sus emisarios. Parece que Hanníbal, con una parte de su ejército, habrá de abandonar el sitio para ir á castigarles. Tendremos enfrente menos enemigos; y si tú vuelves con las legiones de Roma, Sagunto será para los cartagineses lo que las islas Egatas fueron para ellos en Sicilia... ¡Ay! ¡Cuánto mejor es la paz!
Con esta melancólica exclamación se despidió Alco del griego, mientras éste descendía por la cuerda silenciosamente. Al poco rato sus pies tropezaron con una de las peñas en las que descansaba el muro. Soltó la cuerda y comenzó á deslizarse á tientas, agarrándose en su descenso, que parecía una caída, á los míseros olivos que se retorcían en aquellas alturas como si se quejasen de la opresión de los peñascos.
Á los pies del griego, en la negra soledad de la llanura, brillaban algunas hogueras. Eran tal vez guardias avanzadas del campamento que vigilaban aquella parte de la montaña; merodeadores de los que seguían al ejército, establecidos allí, lejos de las miradas de Hanníbal.
Acteón llegó al llano y comenzó á caminar sigilosamente, agachado, á lo largo de un ribazo de piedras, deteniéndose muchas veces para escuchar, conteniendo la respiración. Creía que le seguían; que alguien caminaba tras él cautelosamente. Veía cerca una gran hoguera, y destacándose sobre su humo rojo, algunas siluetas de hombres y mujeres.
Cuando se erguía explorando los obscuros campos para dar un rodeo que le alejase de la hoguera, sintió que le cogían por los hombros, y una voz ronca murmuró en su oído entre estúpidas risotadas:
—Ya te tengo... En vano te ocultas.
Acteón se desasió de aquellas manos, y tirando del ancho cuchillo que llevaba en el cinto, dió un salto, quedando frente al desconocido en actitud de defensa. Era una mujer. El griego veía á la difusa luz de las estrellas su actitud de indecisión y sorpresa.
—¿No eres Gerión el hondero? —murmuró, tendiendo sus manos al ateniense.