Se miraron casi tocándose en la obscuridad, y el griego reconoció en aquella mujer á la infeliz loba que le había alimentado la primera noche de su llegada á Sagunto. Ella parecía aún más sorprendida que el ateniense por el encuentro.

—¿Eres tú, Acteón?... Parece que los dioses me ponen en tu camino, á pesar de que me desprecias... Huyes de la ciudad, ¿verdad? Te habrás cansado de Sónnica la rica; no quieres perecer como todos esos mercaderes que Hanníbal el invencible pasará á cuchillo. Haces bien. Huye; aléjate.

Y miraba con zozobra la cercana fogata, como si temiese la aproximación de los soldados que se calentaban en torno de ella, riendo y bebiendo con un grupo de lobas del puerto.

La mísera cortesana, ahogando su voz, relataba al griego por qué se hallaba allí. Era la amante de Gerión, un hondero balear. Éste había abandonado á sus compañeros un momento antes, huyendo de ella para no entregarla el dinero de la última soldada, y buscándolo, había tropezado con Acteón. Podía volver; podían aproximarse los compañeros, atraídos por las voces: allí estaban mal... ¿Qué pensaba hacer?

—Quiero llegar á la costa, seguir por ella hasta que encuentre una barca de pescadores que me lleve á Emporión ó á Denia. Tengo dinero para pagarla. Después buscaré una nave que quiera conducirme lejos, muy lejos.

—No volverás, ¿verdad?... Deseo que no vuelvas. ¡Si supieras que algunas veces, mientras los hombres se mataban en las murallas, pensaba en tí!... No te veré más; pero prefiero no verte, antes que perezcas dentro de la ciudad ó seas esclavo de mi amante el hondero... Hanníbal acabará con todos... ¡Ah, ciudad cruel! ¡Y cómo deseo ver caer bajo las tropas de Hanníbal á todas esas ricas, que nos hacían dar de latigazos cuando nos aproximábamos á ellas en el puerto!...

La pobre cortesana, dando la mano al griego, comenzó á guiarle al través de los campos.

—Ven —murmuró—. Yo te conduciré hasta la playa y allí seguirás tu camino, sin más amparo que el de los dioses. Viéndote conmigo, creerán que eres un soldado celtíbero que busca con su amante un lugar para pasar la noche. Ven: te alimenté en la primera noche que llegaste y te salvaré en la última.

Se aproximaban al mar. Pasaron cerca de varias hogueras, siendo saludados por las pullas soeces de los soldados y de las mujerzuelas, que les creían una pareja amorosa en busca de refugio. Algunos grupos armados les dejaron pasar sin el menor recelo.

Oíase cada vez más próximo el rumor de las olas sobre la arena de la playa. Caminaban entre juncos, hundiéndose en el tibio y pegajoso fango de las marismas.