La pobre loba se detuvo.

—Te dejo, Acteón. Si quisieras, te seguiría como una esclava. Pero no querrás: me conozco... nada puedo ser para tí. Te alejas para siempre, pero estoy contenta porque huyes de Sónnica. Antes de partir... ¡bésame, mi dios!... En los ojos, no... En la boca... así.

Y el ateniense, con tierna conmiseración, conmovido por la bondad de aquella mísera criatura, besó sus labios secos y flácidos, que dejaban escapar el insufrible hedor del vino de los honderos baleares.


VIII

Roma

Cuando los primeros rayos del sol enrojecían las murallas del Capitolio, la vida de Roma había comenzado hacía más de una hora.

Los romanos abandonaban el lecho á la luz de las estrellas. Rodaban en la obscuridad por las tortuosas calles los carros de la campiña; desfilaban los esclavos con sus cestos y útiles de labranza, despertados por el canto de los gallos, y cuando apuntaba el día, todas las casas tenían abiertas sus puertas, y los ciudadanos sin ocupación en los campos, marchaban á reunirse en el Foro, centro del tráfico y de los negocios públicos, que comenzaba á adornarse con los primeros templos y conservaba grandes espacios yermos, sobre los cuales se habían de elevar algunos siglos después las magnificencias de la Roma señora del mundo.

Hacía dos días que Acteón estaba en la gran ciudad, alojado en una posada de extramuros establecida por un griego. Aún no se había extinguido en él la admiración que le causaba aquella República severa, viviendo casi en la pobreza; pueblo duro de agricultores y soldados, que llenaba con su fama el mundo y vivía con mayor miseria que cualquier lugarejo de los alrededores de Atenas.

Esperaba Acteón comparecer ante el Senado aquel mismo día. La mayor parte de los Padres de la República, vivían en el campo, en las rústicas villas con paredes de adobes sin cocer y techo de ramaje, vigilando el trabajo de sus esclavos, empuñando el arado como Cincinato y Camilo; y cuando las necesidades del país les llamaban al Senado, llegaban á Roma en su carreta tirada por bueyes, entre cestos de verduras y sacos de grano, y con sus manos encallecidas por el trabajo, vestíanse la toga antes de entrar en el Foro, transfigurados por la majestad que les daba su alta investidura.