El griego llegó al amanecer al Foro, encontrando la misma muchedumbre de todos los días. Venerables romanos envueltos en su toga, hablando á los jóvenes y á sus clientes del arte de colocar prudentemente el dinero sobre buenas prendas, principal sabiduría de todo ciudadano; pedagogos griegos, famélicos é intrigantes, siempre en busca de una colocación en aquel pueblo sombrío, más apto para la lucha que para la sabiduría; viejos legionarios, con el pardo sayo lleno de remiendos, pensando con nostalgia en las pasadas guerras contra Pirro y Cartago, perseguidos por las deudas y amenazados de esclavitud por sus acreedores, á pesar de las cicatrices que cubrían su cuerpo; y la plebe, sin otro vestido que la lacerna (corta capa de paño burdo rematada por el cuculus, capucha puntiaguda), la inmensa plebe romana explotada y oprimida por los patricios, soñando siempre como remedio á sus males con nuevos repartos de las tierras públicas, que lentamente, por medio de la usura, iban á parar á manos de los ricos.

En las gradas de los Comicios se reunían los ciudadanos de una tribu para tratar del testamento de uno de los suyos que acababa de morir. Cerca de la tribuna de las arengas, algunos centuriones veteranos con coturnos y casco de bronce, apoyados en bastones de sarmientos trenzados, divisa de su categoría militar, discutían el sitio de Sagunto y la audacia de Hanníbal, deseando marchar inmediatamente contra el cartaginés.

Sobre los grandes bloques de piedra azul que pavimentaban el Foro, establecían los vendedores de bebidas calientes sus grandes cráteras, golpeándolas con el cazo para atraer á la gente; y al pie de las gradas del templo de la Concordia, unos bufones etruscos, enmascarados con horrorosas carátulas, comenzaban su mímica grotesca, haciendo acudir los niños y los desocupados de todos los extremos de la plaza.

Hacía frío. Soplaba el viento helado y húmedo de las lagunas Pontinas; el cielo era gris, y de la muchedumbre agolpada en el Foro salía un zumbido opaco y continuo. Acteón comparaba esta plaza con la alegre Ágora de Atenas y aun con el Foro de Sagunto en sus días de paz. Faltaba en Roma la alegría griega, la dulce y regocijada ligereza de un pueblo artista que desprecia las riquezas, y si comercia es para vivir mejor. Era un pueblo frío y triste, dado al lucro y al ahorro, desdeñoso del ideal, sin más industria que la agricultura y la guerra, exprimiendo el terruño y robando al enemigo; rutinario, sin iniciativa y sin juventud.

—Este pueblo —se decía el ateniense— parece que no ha tenido nunca veinte años. Hasta los niños nacen viejos.

Y Acteón pensaba en lo que había visto durante dos días con su sagacidad de griego: la cruel disciplina de la familia, de la religión y del Estado á que vivían sometidos todos los ciudadanos; su total desconocimiento de la poesía y el arte: aquella educación férrea y triste, basada únicamente en el deber, que obligaba á todo romano á una larga y penosa obediencia para poder mandar algún día.

El padre, que era en Grecia un amigo, resultaba en Roma un tirano. Para la ciudad latina no existía más ser que el padre de familia: la esposa, los hijos, los clientes, estaban casi al nivel de los esclavos; eran instrumentos de trabajo sin voluntad y sin nombre. Los dioses sólo oían á él; era en su casa sacerdote y juez; podía matar á la mujer, vender los hijos por tres veces, y su autoridad sobre la prole persistía al través de los años, temblando el cónsul vencedor, el senador omnipotente, cuando estaba en presencia de su padre. Y en esta organización sombría y despótica, más triste aún que la de Esparta, adivinaba Acteón una fuerza latente incubada en el misterio, que algún día rompería su envoltura, abarcando al mundo como en un abrazo de hierro. El griego detestaba este pueblo sombrío, pero lo admiraba.

Su rudeza, el espíritu belicoso y duro de la raza, se revelaba en el Foro. En lo alto del monte sagrado, el Capitolio era una verdadera fortaleza, con muros desnudos y sombríos, limpios de los adornos que hacían brillar con eterna sonrisa la ciudadela de Atenas. El templo de Júpiter Capitolino, apenas sobresalía sobre las murallas con su techo bajo y sus filas de columnas achatadas y robustas, como si fuesen torreones. Abajo, en el Foro, igual fealdad grave y sombría. Los edificios eran bajos y robustos; más bien parecían construcciones de guerra, que templos á los dioses y edificios públicos. Del Foro partían las grandes vías romanas, el único embellecimiento á que se dedicaba Roma por la utilidad que reportaban como caminos para las legiones y para los arrastres de la agricultura. Desde el Foro veíase partir en línea recta la vía Apia, pavimentada de piedra azul, con sus dos hileras de tumbas que comenzaban á elevarse en las inmediaciones de la ciudad, perdiéndose al través de la campiña con dirección á Capua; y del extremo opuesto partía la vía Flaminia, que iba á buscar la costa, remontándose hasta la tierra de los Cisalpinos. Sobre la inmensa campiña destacábanse, como fajas ondulantes y rojas, los primeros acueductos construídos bajo la censura de Apio Claudio para surtir la ciudad de fresca agua de las montañas, combatiendo así los aires corrompidos de las lagunas Pontinas.

Pero aparte de estos rudos monumentos, la ciudad extensa, gigantesca, que podía poner por sí sola sobre las armas más de ciento cincuenta mil combatientes, presentaba un aspecto salvaje y miserable, casi semejante al de aquellas tribus que había visto Acteón en su viaje por la Celtiberia.

Escaseaban los edificios con piso superior: la mayoría eran grandes cabañas con muros redondos de piedra ó barro y techumbres cónicas de tablas y troncos. Después que los galos incendiaron Roma, la ciudad había sido reconstruída en un año, al azar, con precipitada ligereza. Amontonábanse las casas en determinados barrios, hasta el punto de no dejar más que el espacio de un hombre para circular entre ellas, y esparcíanse en otros como si fuesen villas campestres, rodeadas de pequeños campos, dentro de las murallas de la ciudad. Las calles no existían: eran prolongaciones tortuosas de los caminos que conducían á Roma; arterias formadas por la casualidad, que se enroscaban, siguiendo las sinuosidades de una caprichosa construcción, y de repente desembocaban en grandes terrenos baldíos, donde iban amontonándose los desperdicios de los vecinos y graznaban por la noche los cuervos, picoteando las carroñas de los perros y los asnos muertos.