La ruda pobreza de esta ciudad de agricultores, prestamistas y soldados, reflejábase en el exterior de sus habitantes. Las altivas matronas hilaban la lana y el cáñamo á la puerta de sus casas, sin otro traje que una túnica de burdo tejido y algunos adornos de bronce en el pecho y las orejas; las primeras piezas de plata se habían acuñado luego de la guerra con los Samnitas; el as de cobre grosero y pesado era la moneda corriente, y los ricos objetos griegos traídos por las legiones después de la guerra de Sicilia, casi recibían adoración en las casas de los patricios, y se miraban de lejos como amuletos que podían corromper la virtud de las rudas costumbres romanas. Los senadores que poseían grandes territorios y centenares de esclavos, paseaban por el Foro con cívico orgullo su toga llena de remiendos. En toda Roma sólo existía una vajilla de plata, propiedad de la República, que pasaba de casa de un patricio á la de otro cuando llegaba un enviado de Grecia, un embajador de Sicilia ó un mercader opulento de Cartago, habituado á los refinamientos asiáticos, y había que dar banquetes en su honor.

Acteón, acostumbrado á las disputas filosóficas del Ágora ateniense, á los diálogos sobre poesía ó sobre misterios del alma apenas se reunían dos griegos sin ocupación, iba por el Foro atento á las conversaciones, en un latín rudo é inflexible que hería sus oídos de ateniense. En un grupo hablaban de la salud de los rebaños y del precio de la lana; en otro se ajustaba la venta de un buey, en presencia de cinco ciudadanos de edad adulta que servían de testigos. El comprador ponía en una balanza el bronce, precio de la compra, y tocando con la mano el buey, decía con acento solemne, como si recitase una oración:

—Esto es mío, según la ley de los Quirites: lo he pagado con este metal bien pesado.

Más allá, un legionario de cara famélica ajustaba un préstamo con un anciano, ofreciéndole como prenda su casco y sus grebas, y pronunciaban las fórmulas de la ley para tal caso.

¿Dari spondes? (¿Prometes dar?) —preguntaba el soldado.

Spondeo. (Prometo) —contestaba el prestamista.

Y el trato quedaba cerrado con estas solemnes palabras, de las cuales una sola sílaba cambiada era suficiente para anular la operación, pues los romanos profesaban un respeto supersticioso á la letra y la fórmula de sus leyes.

En otro grupo se discutían las condiciones que debe tener un esclavo para ser útil á su señor y que éste lo conserve; y en todo el Foro aquel pueblo grave, austero y sin ideal, sólo hablaba de bienes y de la manera de acrecentarlos.

El griego se fijó en un joven que apenas llegado á los veinte años, mostraba la gravedad de un viejo. Sus cabellos cortados al rape eran rojos, y su mirada dura tenía una expresión de inteligencia y astucia. Caminaba lentamente al lado de un muchacho que le escuchaba con atención como si fuese su maestro.

—Aunque tu padre es Cónsul —decía el rojo— debes tener presente, Scipión, que para ser buen ciudadano y servir á la República, no sólo hay que manejar la lanza y el caballo, sino saber trabajar la tierra y conocer los secretos del cultivo. Tal vez algún día mandes nuestros ejércitos, y no sólo tendrás que conquistar tierras para Roma, sino cultivarlas y que produzcan mucho. ¿No lo comprendes?