—Sí; Catón —dijo el adolescente.
—Cada día debes aprender un mes del calendario que hicieron nuestros antepasados. Quedando todo él fijo en tu memoria, te será más fácil ordenar pronto y bien á tus esclavos lo que deben hacer en los campos. Ayer te enseñé el mes de Mayo: repítelo, Scipión.
—«Mes de Mayo —recitó el muchacho frunciendo las cejas para concentrar más su memoria—. Treinta y un días. Las nonas caen el séptimo día. El día tiene catorce horas y media: la noche nueve horas y media. El sol está en el signo de Tauro: el mes bajo la protección de Apolo. Se escardan los trigos. Se esquilan las ovejas. Se lava la lana. Se ponen en yugo los toros nuevos. Se cortan de los prados las arvejas. Se hace la lustración de las cosechas. Sacrificios á Mercurio y á Flora.»
—Lo recuerdas bien, Scipión. Nuestros antecesores no tenían ni deseaban otra ciencia; les bastaba con saber lo que debía hacerse en todos los meses del año; y con esto, y valor y audacia para conservar sus campos y apoderarse de las tierras de los vecinos, fundaron nuestra ciudad, que crece y crecerá hasta ser la primera de la tierra. No somos charlatanes como los griegos, que se arrodillan con admiración ante los monigotes de mármol y disputan como bufones sobre lo que hay más allá de la muerte. No somos locamente ambiciosos como los cartagineses, que basan su vida en el comercio y entregan todas sus riquezas al mar. Nuestra vida está en la tierra; somos más rudos, pero más sólidos que los otros pueblos; caminamos más despacio, pero iremos más lejos. En la tierra que pisamos por vez primera, no plantamos la tienda como otros; hundimos el arado, y por esto lo que toma Roma nadie se lo quita. No olvides esto, Scipión.
El ateniense les seguía de cerca. Las palabras de aquel viejo de veinte años, le enseñaban más que sus observaciones. Roma parecía hablar por su boca en aquella lección al hijo de uno de sus cónsules.
—Debes saber también —continuó Catón— las reglas domésticas de todo buen ciudadano. Cuando nuestros padres querían alabar á un hombre de bien, le llamaban «buen labrador». Este era el mayor elogio. Entonces se vivía en las mismas tierras, en las tribus rústicas, que eran las más honorables de todas, y no se venía á Roma más que en los días de mercado y de comicios. Aún quedan buenos ciudadanos que hacen la vida sana de Cincinato y de Camilo, y sólo vienen cuando se reúne el Senado: pero la guerra, con sus expediciones á países nuevos, ha corrompido á muchos que sólo quieren vivir en la ciudad, y el antiguo hogar romano con su techo de tablas y sus sencillos penates lo sustituyen con casas llenas de columnatas como si fuesen templos, y adornadas con dioses y diosas que se hacen traer de Grecia.
El gesto austero de Catón demostraba un inmenso desprecio por estos refinamientos importados que comenzaban á quebrantar la rudeza de su país.
—En el campo, el buen ciudadano no debe perder ni un día. Si el tiempo le impide salir, debe entretenerse limpiando los establos y corrales, componiendo los enseres viejos y vigilando á las mujeres para que remienden la ropa. Aun en los días de fiesta, se puede hacer algo: regar los espinos, bañar el ganado, ir á la ciudad á vender aceite ó fruta. No hay que perder el tiempo consultando á los arúspices, ó á los augures, ni entregarse á cultos que obliguen al ciudadano á abandonar su casa. Bastan los dioses del hogar ó de la más próxima encrucijada. Los Lares, los Manes y los Silvanos, son suficientes para proteger á un buen ciudadano. Nuestros padres no tuvieron otros, y, sin embargo, fueron grandes.
El pequeño Scipión le escuchaba atentamente, pero sus ojos se fijaban en dos mocetones de la Campania, que con el cuculus caído sobre los hombros, se daban de puñetazos junto á un vendedor de vino cocido. Las mejillas del adolescente se coloreaban de emoción viendo los golpes que cambiaban los dos atletas, estremeciendo sus duros músculos.
—Si el ciudadano vive en Roma —continuó Catón sin fijarse en este incidente, que no alteraba la gravedad del Foro— debe abrir desde la aurora la puerta de su casa para explicar la ley á los clientes y colocar con prudencia su dinero, enseñando á los jóvenes el arte de aumentar los ahorros y evitar ruinosas locuras. El padre de familia debe hacer dinero de todo y no perder nada. Si da sayos nuevos á sus esclavos, debe recoger los viejos para otros usos. Debe vender el aceite y lo que le quede de vino y trigo al final del año. Venda también los bueyes viejos, las terneras, corderos, la lana, las pieles, los carros inservibles, el herraje enmohecido, los esclavos valetudinarios y las esclavas enfermas: venda siempre. El padre de familia debe ser vendedor: no comprador. Fíjate bien en esto, Scipión.