Pero Scipión estaba inquieto y apenas le oía.
Los campesinos habían cesado de golpearse, y el adolescente miraba lejos, á la parte del río, deseando marcharse.
—Catón; es la hora de la lucha. Tengo que ir á la orilla del Tíber para amaestrarme en la carrera y el pugilato y hacer después una hora de natación.
—Marcha cuando quieras y guarda mis consejos. Después de la lección, sienta bien la lucha y el baño frío, que endurecen el cuerpo. El ciudadano que quiere servir á su país, no sólo ha de ser prudente, sino fuerte.
Se alejó el muchacho, y Catón, al volver sobre sus pasos, encontró al ateniense que le seguía. El aspecto de Acteón le atrajo, y se aproximó á él.
—Griego —le preguntó—. ¿Qué te parece nuestra ciudad?
—Es un pueblo triste, pero un gran pueblo. Sólo estoy en Roma tres días.
—¿Eres acaso ese mensajero de Sagunto que hoy se presentará ante el Senado?
Acteón contestó afirmativamente, y el romano se apoyó en su brazo con grave familiaridad, como si fuese un antiguo amigo.
—Conseguirás muy poco —dijo—. El Senado sufre ahora una enfermedad: el exceso de prudencia. Yo aborrezco las locuras, no creo que Hanníbal sea un gran capitán desde que le veo cometer audacias como el sitio de Sagunto; pero no puedo tolerar con mi silencio la meticulosidad con que procede Roma en sus asuntos. Quiere apurar todos los medios para sostener la paz: teme la guerra, cuando la guerra con Cartago es inevitable. Ella y nuestra ciudad no caben en el mismo saco. El mundo es estrecho para los dos. Siempre digo lo mismo: «Destruyamos Cartago», y se me ríen. Hace algunos años, al estallar allá la guerra de los mercenarios, podíamos haberla aplastado con gran facilidad. Con enviar á África un par de legiones, los númidas sublevados y los mercenarios, hubiesen acabado con Cartago. Pero tuvimos miedo; Roma sólo se ocupaba después de la victoria en restañar sus heridas. Temimos no fuese peor el triunfo de la soldadesca de todos los países, y salvamos á Cartago, ayudándola á destruir sus mercenarios sublevados.