—Ahora es diferente —dijo Acteón con energía—. Sagunto es una aliada, y si Hanníbal la hostiliza, es por el amor que la ciudad profesa á Roma.
—Sí; por eso los romanos nos interesamos por su suerte; pero no esperes gran cosa del Senado. Le preocupan más los piratas del Adriático que asolan nuestras costas, la sublevación de Demetrio de Faros en la Illiria, contra el cual vamos á enviar un ejército mandado por el cónsul Lucio Emilio.
—Pero, ¿y Sagunto? ¿Si la abandonáis, cómo va á resistir al audaz Hanníbal, que acaudilla las tribus más belicosas de Iberia? ¿Qué dirán aquellos infelices de la seriedad con que Roma cumple sus alianzas?...
—Procura convencer al Senado con todas esas razones. Yo estoy convencido: veo en Cartago la única enemiga de Roma... ¡Si todos fuesen como yo!... Aceptaría las audacias del hijo de Hamílcar y declararía la guerra á Cartago, yendo á buscarla en su propio territorio. Ocurra lo que ocurra, nosotros somos invencibles. Italia es una masa compacta, y como centinelas avanzados de nuestro campo, tenemos por Oriente la Illiria, por la parte que mira al África la Sicilia y al Occidente la Cerdeña, mientras que los terrenos que domina Cartago forman una cinta extensa de novecientas leguas, que recorre gran parte de las costas del África y todas las de Iberia; pero tan estrecha, y poblada por tan diversas razas, que con facilidad puede romperse. Aunque Roma pierda cien batallas, siempre será Roma; y una derrota de Cartago basta para que se disuelva como pueblo...
—¡Si todos pensasen como tú, Catón!...
—Si el Senado pensase como yo, despreciaría á Demetrio de Faros y hace días que sus legiones estarían en Sagunto. Tal vez se evitara con ello un peligro, ¡porque quién sabe dónde irá ese joven africano, y qué no osará si consigue conquistar sin obstáculos una ciudad aliada de Roma!... Por esto yo, que soy un ciudadano libre, ejerzo de pedagogo, como has visto hace poco. Ese muchacho es hijo del cónsul Publio Cornelio Scipión, y reviven en él con nueva fuerza todas las virtudes de su familia. Tal vez sea él el destinado á cortar el paso á Hanníbal, á destruir el insolente poderío de esa Cartago, con la que tropezamos siempre.
Aún vagaron algún tiempo por el Foro hablando de las costumbres de Roma y discutiendo acaloradamente al compararlas con las de Atenas. El severo romano tenía que avistarse con varios patricios para sus asuntos particulares, que llevaba con gran escrupulosidad, y se despidió del griego.
Al quedar solo Acteón, sintió hambre. Aún faltaba mucho tiempo para la hora en que se reunía el Senado, y cansado de la sorda agitación del Foro salió de él, rodeando la falda del Capitolio y siguiendo una calle más ancha que las otras, con edificios de piedra, que mostraban al través de sus puertas la relativa abundancia de las familias patricias.
Entró en una panadería, golpeando con un as la piedra del mostrador abandonado. Desde una especie de cueva le contestó una voz quejumbrosa. El griego vió en el lúgubre antro la muela de triturar el trigo, y uncido á ella un hombre, un esclavo, que la empujaba con gran esfuerzo.
Salió el esclavo casi desnudo, limpiándose el sudor que chorreaba de su frente, y cogiendo el dinero del griego, dió á éste un pan redondo. Después quedó en pie, contemplando á Acteón con curiosidad.