—¿Es tuya la panadería? —preguntó éste.

—No soy más que un esclavo —repuso con tristeza—. Mi amo ha tenido que ir al Foro para hablar con los tratantes de trigo... Tú eres griego, ¿verdad?

Y antes de que Acteón se dignase contestarle, se apresuró á añadir con melancólico orgullo:

—Yo no he sido siempre esclavo. Hace poco tiempo que lo soy, y cuando gozaba de libertad, mi ferviente deseo era visitar tu país. ¡Oh, Atenas! La ciudad donde los poetas son dioses...

Y recitó en griego algunos versos del Prometeo de Esquilo, asombrando á Acteón con la pureza de su acento y la expresión que sabía comunicar á sus palabras.

—¿Es que en Roma os dedican vuestros amos á la poesía?— dijo el ateniense riendo.

—Yo era poeta antes de ser esclavo. Mi nombre es Plauto.

Y mirando en torno como si temiera ser sorprendido por la familia de su amo, continuó hablando, feliz por librarse algunos momentos del tormento de la muela.

—He escrito comedias. Intenté establecer en Roma el teatro, que es entre vosotros casi una religión. Los romanos son poco sensibles á la poesía. Aman las farsas; una tragedia que á vosotros os hace llorar, les dejaría fríos: una comedia de Aristófanes les haría dormir. Sólo gustan, ateniense, de los bufones etruscos, de los grotescos personajes de las farsas que llaman atelanas y de los mascarones de agudos dientes y cabeza deforme que desfilan rugiendo obscenidades en las pompas del triunfo. Apedrearían á un héroe de vuestras tragedias, y, en cambio, braman de entusiasmo cuando en la entrada de un cónsul victorioso, pasan los soldados disfrazados con una piel de cabrón y un penacho de erizadas crines, y ríen al ver cómo se vengan de su humildad, insultando al vencedor tras su carro triunfal. Yo escribí comedias para este pueblo y aún las escribo en los momentos que mi amo cesa de apalearme para que dé vueltas al molino. Los patricios, los ciudadanos libres no gustan de verse sobre la escena. Aquí despedazarían á Aristófanes que sacaba á las tablas á los primeros hombres de Atenas. Mis héroes son esclavos, extranjeros y mercenarios, y hacían reir mucho al público. He acabado una comedia ahí dentro, en ese antro, ridiculizando las fanfarronadas de los guerreros. Te la recitaría si no temiese que de un momento á otro llegue mi amo.

—¿Y cómo has caído en tan mísera situación después de divertir á tu pueblo?