—Cometí la locura de fundar en Roma el primer teatro, á imitación de los de Grecia. Era una cerca de tablas en las afueras de la ciudad. Pedí dinero prestado, contraje deudas: el populacho venía á reir, pero daba poco. Me arruiné, y las sabias leyes de Roma condenan al que no puede pagar, á ser esclavo de su acreedor. Este panadero, que antes reía mis comedias y me prestaba gustoso algunos sacos de cobre, se venga ahora de la pasada admiración, haciéndome dar vueltas á la muela, porque resulto más barato que un asno. Cada carcajada del pasado se trueca en un palo sobre mis espaldas. Es el destino de los poetas. También vosotros, al gran Esquilo, que siempre fué hombre libre, le agradecíais los versos á pedradas.
Calló Plauto, y sonriendo melancólicamente, añadió:
—Confío en el porvenir. No siempre he de ser esclavo; tal vez encontraré quien me devuelva la libertad. Los romanos que hacen la guerra y ven nuevos países, vuelven con más dulces costumbres y aman las artes. Seré libre, fundaré un nuevo teatro, y entonces... entonces...
Y en su mirada brillaba la esperanza, como si viese ya realizados los ensueños con que embellecía la lobreguez de su antro, mientras rodaba jadeante como una bestia el enorme cono de piedra.
Sonó ruido en el interior de la casa, y antes de que pudieran verle los hijos de su amo, Plauto corrió á uncirse de nuevo á la barra de la muela, mientras el griego salía de la tahona, asombrado por el encuentro.
¿Qué pueblo era aquel que convertía al deudor en esclavo y hacía de los poetas bestias de carga?...
El griego devoró su pan, paseando por el Foro. Aguardaba la hora de reunión del Senado, y para emplear su tiempo, subió á la cumbre del Palatino, el terreno sagrado donde estaba la cuna de Roma. Allí vió el antro lupercal, en cuyo fondo fueron amamantados por la loba, Rómulo y Remo. En la entrada de la angosta cueva extendía sus añosas ramas, desnudas por el invierno, la higuera Rumeal, árbol famoso á cuya sombra habían jugueteado los dos gemelos, fundadores de la ciudad. Junto al árbol, sobre un pedestal de granito, elevábase la loba, de bronce obscuro y lustroso, obra de un artista etrusco, con las espantables fauces entreabiertas y el vientre erizado por una doble fila de ubres, á las cuales se agarraban, arrastrándose, dos niños desnudos.
Acteón contempló desde esta altura la inmensa ciudad, como un oleaje de tejados entre las siete colinas, invadiendo las alturas y esparciéndose por las profundas depresiones del terreno. Casi al lado del Palatino levantábase el Capitolio, la gran fortaleza de Roma, sobre las desnudas fragosidades de la roca Tarpeya; y el griego pasó de una altura á otra, para ver de cerca el templo de Júpiter Capitolino, más célebre por su fama que por su hermosura.
Dejó á sus espaldas el rudo templo de Marte, que ocupaba el lugar más alto del Palatino, y siguiendo una vereda entre abruptas rocas, pasó al Capitolio. Encontró en su camino á los sacerdotes de Júpiter, que caminaban con hierática rigidez, como si estuvieran ofreciendo siempre sacrificios á su dios. Vió las vestales arrebujadas en sus amplios velos blancos, andando con paso varonil. Algunos milites subían al templo de Marte, con el ancho pecho forrado de fajas superpuestas de cobre, los desnudos muslos cubiertos por tiras de lana que pendían del talle, una mano apoyada en el pomo de su corta espada y hablando con entusiasmo de la próxima campaña de Illiria, sin acordarse de la situación de sus aliados de Iberia.
Acteón entró en el sagrado recinto del Capitolio, cercado de obscuras murallas. Era el antiguo monte Tarpeyus, con sus dos cumbres unidas por una extensa meseta. La parte más alta, que era la septentrional, estaba ocupada por el Arx, ó sea la ciudadela de Roma; en la meridional estaba el templo de Júpiter Capitolino, rodeado de robustas columnas.