El griego entró en la ciudadela, famosa por su resistencia cuando la invasión de los galos. Al borde de una balsa, ante los templos que se aglomeraban en el fuerte recinto, vió las aves sagradas; los gansos que, con sus graznidos en medio del silencio de la noche, habían librado á Roma de la sorpresa de los invasores. Después atravesó toda la meseta baja que parecía dividir en dos partes la colina, y se aproximó al gran Fano de Roma.
Una escalinata de cien gradas conducía al templo, construído en tiempos del último Tarquino en honor de las tres divinidades de Roma, Júpiter, Juno y Minerva. Constaba el edificio de tres cellæ ó santuarios paralelos con las tres puertas abiertas bajo el mismo frontón. El de en medio era el de Júpiter, y los de los lados pertenecían á las dos diosas. Una triple fila de columnas sostenían el frontón, en cuyos ángulos se encabritaban algunos caballos de piedra de grosera labor. Dos filas de columnas corrían por los lados del templo, formando un pórtico, á cuya sombra paseaban los romanos más viejos hablando de los asuntos de la ciudad.
El templo había sido construído por artistas llamados de la Etruria; y bajo las columnas veíanse estatuas traídas de las expediciones á Sicilia y de las diversas guerras sostenidas por Roma. Aquel pueblo rudo era incapaz de crear artistas, pero tenía soldados para proporcionarse el arte por medio de la guerra y la rapiña.
El ateniense entró en el santuario de en medio, perteneciente á Júpiter, y vió la imagen del dios en barro cocido, con una lanza dorada en la diestra. Ante él humeaba continuamente el altar de los sacrificios. Al salir del templo, miró el gnomon ó reloj de sol, que en aquella altura marcaba la hora á toda Roma.
Ya era tiempo de bajar al Senaculum, antiguo edificio al pie de la colina Tarpeya, entre el Capitolio y el Foro, que muchos años después se convirtió en templo de la Concordia. Al llegar á las gradas que daban acceso á él, encontró Acteón á los dos legados enviados por Sagunto antes de comenzar el sitio; dos viejos agricultores que por primera vez habían abandonado sus casas, y se mostraban abrumados por los largos meses de permanencia en Roma, con sus visitas que no terminaban nunca, y las entrevistas y súplicas sin resultado. Aturdidos los dos saguntinos, impotentes ante una ciudad que nunca respondía definitivamente á sus palabras, seguían como autómatas al desenvuelto griego, que entraba en todas partes como en casa propia, y hablaba distintos idiomas, cual si el mundo entero fuese su patria.
Iban llegando los senadores. Unos venían de sus negocios de la ciudad, y se presentaban vistiendo la toga blanca con franja de púrpura, seguidos de sus clientes, que volvían la vista á todos lados como para atraer la atención pública sobre su majestuoso protector. Otros llegaban del campo, detenían su carro ante las gradas del Senaculum, y entregando las riendas á los esclavos subían al templo con la toga arrollada sobre el brazo, vistiendo el corto sayo de lana burda de los agricultores y esparciendo en torno de ellos el hedor de sus establos y cosechas. Eran hombres maduros, que mostraban en la dureza de los recios músculos los esfuerzos de su vida, en continua lucha con la tierra y los enemigos: ancianos de luenga barba y rostro apergaminado que, trémulos por la vejez, revelaban aún en la mirada la seguridad que tenían en sus perdidas fuerzas. La muchedumbre del Foro, corriéndose hacia las gradas del Senaculum, les contemplaba con admiración y respeto. Eran los padres de la República: la cabeza de Roma.
Los legados de Sagunto subieron la escalinata del templo. Bajo las columnas que sostenían el frontón, amontonábanse un sinnúmero de despojos de las últimas guerras, depositados por los vencedores al desfilar en el Foro, entre la multitud que les saludaba agitando ramas de laurel. Acteón vió escudos atravesados por el hierro, espadas enmohecidas por la sangre, carros de guerra con el timón roto y las doradas ruedas sucias del barro de las batallas. Eran los despojos de la guerra de los Samnitas. Más allá, alineados á lo largo del muro, una fila de espantosos enanos de madera teñidos de rojo y azul, arrancados de las proas de las naves cartaginesas después de la gran victoria de las islas Egatas: las barras de hierro que cerraban las puertas de muchas ciudades conquistadas por los romanos; los estandartes de oro con fantásticos animales que guiaban á las tropas de Pirro; los enormes colmillos de los elefantes que este descendiente de Aquiles había hecho marchar contra las legiones de Roma; los cascos con cuernos ó alas de águila de los ligurios; los dardos de las tribus de los Alpes; y al lado de la puerta, como un trofeo de honor, la armadura del glorioso Camilo, paseada por la ciudad en triunfo después que el gran romano arrojó á los galos del Capitolio. Á lo largo de los muros, como extraño adorno, pendía un extenso harapo negruzco y apergaminado. Era la piel de la gran serpiente que durante un día entero había hecho retroceder á todo el ejército de Atilio Régulo, cuando éste, en su expedición al África, marchaba á la conquista de Cartago. El horrible monstruo, insensible á las flechas, devoró muchos soldados, hasta que cayó aplastado bajo una lluvia de piedras, enviando Régulo á Roma la piel del reptil como testimonio de la aventura.
Los enviados de Sagunto esperaron un buen rato, hasta que un centurión les hizo entrar en el Senaculum.
El griego, al pasear su mirada por el hemiciclo, quedó turbado ante la majestad de aquella asamblea. Recordaba la entrada de los galos en Roma; el asombro de los bárbaros ante aquellos ancianos, firmes en sus sillas de mármol, envueltos como fantasmas en los nítidos velos que sólo dejaban al descubierto la barba de plata, y empuñando el cetro de marfil con la majestad divina que parecía brillar en sus ojos inmóviles. Sólo los bárbaros, ebrios de sangre, podían osar el exterminio de una ancianidad tan imponente.
Eran más de doscientos. Entre ellos quedaban espacios libres, los asientos de los senadores que no habían podido asistir; y sobre el blanco graderío extendíanse las blancas togas como una nevada nueva sobre un suelo ya helado. Tras ellos elevábase una fila de columnas en semicírculo, sosteniendo la cúpula, por la que se filtraba una claridad crepuscular que parecía favorecer la meditación y el recogimiento. Una balaustrada baja de piedra, cerraba el hemiciclo, y al otro lado de ella se agolpaban los ciudadanos importantes que no tenían la investidura de senador. En el centro, la barrera estaba cortada por un pedestal cuadrado, sosteniendo la loba de bronce con los gemelos agarrados á sus pechos, y en la base, en grandes letras, el lema de la suprema autoridad de Roma: S. P. Q. R. Un trípode sostenía un braserillo ante el pedestal, y sobre los tizones ondeaba una nube azul de incienso.