Los tres legados se sentaron en sillas de mármol, junto á la imagen de la loba, ante la triple fila de hombres blancos é inmóviles.

Algunos apoyaban la barba en la mano, como para oir mejor.

Podían hablar: el Senado les escuchaba. Y Acteón, impulsado por las miradas suplicantes de sus dos compañeros, se levantó. En su ánimo no duraban mucho las impresiones; se había amortiguado ya la emoción que le produjo en el primer instante la majestad de la Asamblea.

Habló con lentitud, preocupado como buen griego, de no incurrir en faltas de estilo al expresarse en aquella lengua ruda, y procurando dar á sus palabras la emoción que quería infundir á los representantes de Roma. Describió la desesperada resistencia de Sagunto y su confianza en los auxilios de la República; aquella fe ciega que la había hecho arrojarse fuera de las murallas y vencer al enemigo al solo anuncio de que se presentaba en el horizonte la flota romana. Cuando él salió de la ciudad aún tenían víveres para subsistir y alientos para defenderse. Pero iba transcurrido mucho tiempo desde entonces: cerca de dos meses. El mensajero había tenido que hacer su camino al través de aventuras y peligros, unas veces por mar, aprovechando los itinerarios de las naves comerciales, otras á pie por las costas; y en aquel momento la situación de la ciudad debía ser desesperada. Caería Sagunto si no acudían en su socorro: ¡y qué responsabilidad para Roma si abandonaba á su protegida después de atraerse ésta la cólera de Hanníbal por querer ser romana! ¡Cómo habrían de fiarse los demás pueblos de la amistad de Roma conociendo el triste fin de Sagunto!...

Calló el griego, y el silencio penoso en que quedó el Senado revelaba la profunda impresión de sus palabras.

Entonces, Lentulus, un viejo senador, se levantó para hablar. En medio del silencio, su aguda voz de anciano habló del origen de Sagunto, que si era griega por los mercaderes de Zazintho, que en ella establecieron sus factorías, era también italiana por los rótulos de Ardea que en remotos tiempos habían ido allá á fundar una colonia. Además, Sagunto era la amiga de Roma. Para serle más fiel había decapitado á algunos de sus ciudadanos que trabajaban por Cartago... ¿Qué audacia era la de aquel jovenzuelo, hijo de Hamílcar, que olvidando los tratados de Roma con Hasdrúbal osaba levantar la espada sobre una ciudad amiga de los romanos? Si Roma miraba con indiferencia este atentado, el cachorro de Hamílcar crecería en audacia, pues la juventud no tiene freno cuando ve que el éxito corona sus imprudencias. Además, la gran ciudad no podía tolerar tal atrevimiento. Fuera, en la puerta del Senaculum, estaban los gloriosos despojos de las guerras como demostración de que el que se levantaba contra Roma caía vencido á sus pies. Había que ser inexorables con el enemigo y fieles con el aliado: había que llevar la guerra á Iberia para destruir al audaz que desafiaba á Roma.

Y toda la cólera de la ciudad sombría, belicosa y dura, hablaba por la boca de aquel anciano que avanzaba el rígido brazo por encima de las cabezas de sus compañeros, amenazando al invisible enemigo. El vigoroso soldado de las antiguas guerras contra los Samnitas y contra Pirro despertaba en el viejo débil, estremeciendo sus músculos y haciendo llamear sus ojos.

Los dos compañeros de Acteón, que no comprendían la lengua latina, adivinaban, sin embargo, las palabras de Lentulus, y se sentían emocionados por los elogios á la abnegación de su ciudad. Sus ojos se empañaban con las lágrimas, sus manos rasgaban los mantos obscuros en que iban envueltos como lúgubres mensajeros, y arrojándose á tierra con la vehemencia de los antiguos para expresar el dolor, agitábanse convulsos, gritando á los senadores:

—¡Salvadnos! ¡salvadnos!

La desesperación de los dos ancianos y la actitud digna del griego que, ceñudo y silencioso, parecía la personificación de Sagunto esperando el cumplimiento de la promesa, conmovieron al Senado y á la masa que se agolpaba en el balaustre de la loba. Todos se agitaban, cambiando palabras de indignación. Bajo la cúpula del Senaculum resonaba el zumbido del desorden, el eco de mil voces confundidas. Querían declarar la guerra á Cartago inmediatamente, llamar las legiones, reunir las naves, embarcar la expedición en el puerto de Ostia y lanzarla contra el campamento de Hanníbal.