Un senador reclamó silencio para hablar. Era Fabio; uno de los patricios más famosos de Roma, el descendiente de aquellos trescientos héroes de su mismo nombre que habían muerto en un día peleando por Roma en las riberas de Cremera. La prudencia hablaba por su boca; sus consejos eran seguidos siempre como los más sanos: por esto el Senado recobró su calma apenas le vió de pie.

Con reposada palabra, después de lamentar la situación de la ciudad aliada, dijo que no se sabía si era Cartago la que había roto las hostilidades contra Sagunto, ó si Hanníbal por su propia cuenta. Una guerra en Iberia resultaba asunto grave para Roma, ahora que iba á emprender una lucha más próxima con el rebelde Demetrio de Faros. Lo oportuno era enviar una embajada á Hanníbal en su campamento, y si el africano se negaba á levantar el sitio, que pasase á Cartago para preguntar á sus gobernantes si aceptaban la conducta del caudillo y exigir que éste fuera entregado á Roma en castigo de su osadía.

La solución pareció agradar al Senado. Los mismos que antes se mostraban belicosos é intransigentes, inclinaban la cabeza como aprobando las palabras de Fabio. El recuerdo de la insurrección de Illiria, hacía prudentes á los más exaltados. Pensaban en el enemigo que se alzaba casi junto á ellos, al otro lado del Adriático, y que podía intentar con sus flotas dedicadas á la piratería la invasión del territorio latino. Su egoísmo les hacía mirar esta empresa como anterior á todo juramento; y para engañarse, ocultando su propia debilidad, exageraban la importancia de la embajada al campo de Hanníbal, afirmando que el africano levantaría el sitio y pediría perdón á Roma apenas viese aparecer á los legados del Senado.

Acteón acogía este cambio de la asamblea con visibles muestras de impaciencia.

—Conozco mucho á Hanníbal —gritó—. No os obedecerá; hará burla de vosotros. Si no enviáis un ejército, es inútil el viaje de vuestros legados.

Pero los senadores, con el ansia de ocultar la debilidad á que les impulsaba su egoísmo, protestaron ruidosamente de las palabras de Acteón. ¿Quién hablaba de burlarse de la República romana? ¿Quién suponía que Hanníbal había de despreciar á los enviados del Senado?... Podía callar aquel extranjero, que ni siquiera era hijo de la ciudad en cuyo nombre hablaba.

Acteón bajó la cabeza. Luego murmuró dirigiéndose á sus dos viejos compañeros, que no comprendían la resolución del Senado:

—Nuestra ciudad está perdida. Roma teme declarar la guerra á Hanníbal y retrasa el rompimiento. Cuando quieran socorrernos, Sagunto no existirá.

Los tres legados saguntinos recibieron la orden de salir. Los senadores iban á designar los dos patricios que marcharían como enviados de Roma.

Al abandonar el Senaculum, el más viejo de los senadores se dirigió á Acteón.