—Dí á tus compañeros que se preparen á partir. Mañana al anochecer os embarcaréis con los legados del Senado en el puerto de Ostia.


IX

La ciudad hambrienta

Más de quince días llevaba de viaje la trirreme de los representantes de Roma.

Había remontado las costas del mar Tirreno, cruzando después el mar de Liguria, de costas abruptas, y pasado ante Marsella, la próspera colonia griega, aliada también de Roma. Después, atravesando audazmente el gran golfo, había puesto su proa hacia Emporión y seguido á lo largo las costas de Iberia.

Los legados de Roma eran el patricio Valerio Flaco, uno de los que con palabras de prudencia quería mantener la paz, y Bebio Tamfilo, que gozaba del amor de la plebe romana, á causa del interés con que miraba sus miserias.

Acteón mostrábase impaciente por llegar á Sagunto. Quería hablar á sus amigos, evitar el sacrificio inútil de la ciudad, describirles el estado de ánimo de Roma, para que no persistieran en una defensa inútil. Siete meses llevaba Sagunto de empeñada resistencia. Aún no había comenzado el otoño cuando el ejército de Hanníbal se presentó ante la ciudad; y ahora finalizaba el invierno.

El griego pensaba con tristeza en las gratas ilusiones que había acariciado cuando se dirigía á Roma al través de peligros y aventuras. Creía que su presencia en la gran ciudad, el relato de las penalidades del pueblo aliado y fiel, indignaría á los romanos, levantando en masa las legiones; y volvía sin soldados, en una nave donde todos, fingiendo gran interés por Sagunto, no se conmovían gran cosa por sus desgracias; sin otro auxilio, que las sonoras é imponentes palabras de los legados y la loba de bronce en lo alto de un palo, como emblema de la majestad de la embajada.

¿Qué diría la muchedumbre entusiasta y crédula que peleaba en las murallas, cubriendo la brecha con sus pechos, y que para cobrar nuevos ánimos le bastaba suponer la llegada de los romanos? Cambiando el pensamiento hacia sus afectos, se preguntaba qué habría sido de Sónnica, tan animosa, dejándole partir para que salvase á la ciudad; cómo viviría ella, acostumbrada á la suntuosidad de una existencia muelle y dulce, en medio de las miserias y los horrores de aquel asedio que por su duración debía haber consumido los víveres de la ciudad y la energía de sus defensores.