La nave dejó atrás la embocadura del Ebro, y luchando con vientos contrarios, avistó una mañana la Acrópolis de Sagunto. De la alta torre de Hércules se elevó una gran humareda. Habían reconocido la embarcación, por el velamen á cuadros que usaban los barcos de guerra de Roma.

Estaba el sol en el cenit cuando la nave, con la vela amainada y á impulsos de la triple fila de remos, fué á entrar en el canal que conducía al puerto de Sagunto. Tierra adentro, por encima de los cañaverales que cubrían las marismas, veíanse los mástiles de algunas naves cartaginesas, ancladas en el triple puerto.

Los tripulantes de la nave romana vieron llegar á escape, por la playa, grandes grupos de jinetes. Eran escuadrones de númidas y mauritanos, agitando sus lanzas y dando alaridos como cuando cargaban en las batallas.

Un jinete, con armadura de bronce y la cabeza descubierta, les había gritado para que se detuvieran. Avanzando solo, metió su caballo en el canal, aproximándose á la nave, hasta que las aguas llegaron al vientre de la bestia.

Acteón le reconoció:

—Ése es Hanníbal —dijo á los dos legados que estaban junto á él en la popa de la nave, contemplando con asombro el aparato belicoso con que les recibían antes de echar el ancla en el puerto de Sagunto.

Iban presentándose nuevos escuadrones, como si la noticia de la llegada de la nave hubiese puesto en alarma al campamento, agolpando todas las tropas en el puerto. Tras los grupos de jinetes llegaban á todo correr los fieros celtíberos, los honderos baleares, todos los peones de diversas razas que figuraban en el ejército sitiador.

Hanníbal, aun á riesgo de ahogarse, metía su caballo en las aguas del canal para que le oyesen mejor desde la nave y extendió su mano con tal imperio, ordenando que se detuviera, que á los pocos instantes los remos cayeron inmóviles á lo largo del casco.

—¿Quién sois? ¿Qué queréis? —preguntó en griego.

Acteón servía de intérprete entre los romanos y el caudillo cartaginés.