—Son los legados de Roma que vienen á verte en nombre de la República.
—¿Quién eres tú, que me hablas, y cuya voz creo conocer?
Miró largo rato, poniéndose una mano sobre los ojos, y al fin reconoció al griego.
—¿Eres tú, Acteón?... ¡Siempre tú, ateniense inquieto! Te creía dentro de la ciudad, y has logrado salir para traerme sin duda á esos hombres. Pues bien: diles que es tarde; ¿para qué hablar? Un caudillo que sitia á una ciudad, sólo admite embajadores cuando está dentro de ella.
El griego repetía á los romanos las palabras de Hanníbal, traduciendo sus respuestas.
—Escucha, africano —dijo Acteón á Hanníbal—. Los enviados de Roma te recuerdan la amistad que tienen contraída con Sagunto. En nombre del Senado y del pueblo romano, te intiman á que levantes el sitio y respetes á la ciudad.
—Diles que Sagunto me ha ofendido y que ella fué la primera en declarar la guerra sacrificando á mis amigos y negándose á respetar á mis aliados los turdetanos.
—No es verdad, Hanníbal.
—Griego: repite á los romanos lo que te digo.
—Los legados quieren bajar á tierra. Han de hablarte en nombre de Roma.