—Es inútil: no me harán desistir de mi empeño. Además, el sitio dura mucho, las tropas están excitadas y no es lugar seguro para los embajadores de Roma un campamento como el mío, compuesto de gentes feroces de diversos países, que sólo obedecen cuando están en mi presencia. Hace pocas horas hemos sostenido un combate, y aún dura en ellos la excitación.

Volvió al decir esto su cabeza hacia las tropas, y éstas, como si tomasen el movimiento cual una orden ó adivinasen tal vez en los ojos del caudillo sus ocultos designios, comenzaron á agitarse, avanzando hacia el canal como si fueran á marchar á nado contra la nave. Los jinetes tremolaban sus lanzas, tintas aún en la sangre del reciente combate; elevaban sus escudos, en los cuales los africanos más salvajes habían colocado como trofeos las cabelleras de algunos saguntinos muertos en la última salida. Los baleares enseñaban sus dientes con estúpida sonrisa, y sacando del zurrón las balas de arcilla, comenzaron á disparar con la honda contra la nave romana.

—¿Lo veis? —gritaba con satisfacción Hanníbal—. Es imposible que reciba en mi campo á los legados. Es tarde para hablar: sólo resta que Sagunto se entregue como castigo á sus faltas.

Los legados, despreciando los proyectiles de las hondas, se apoyaban en la borda de la nave, y avanzaban el busto cubierto por la toga, con una arrogancia que parecía desafiar á los salvajes guerreros.

La indignación que les causaba verse acogidos con tanto desprecio, hacía palidecer sus mejillas.

—Africano —gritó uno de los legados en latín, sin darse cuenta de que Hanníbal no podía comprenderle—. Ya que no quieres recibir á los enviados de Roma, vamos á Cartago á pedir que nos entreguen tu persona por faltar á los tratados de Hasdrúbal. Roma te castigará cuando seas nuestro prisionero.

—¿Qué dice? ¿Qué dice? —rugió Hanníbal, furioso por aquellas palabras incomprensibles en las que adivinaba una amenaza.

Al explicárselas Acteón, el caudillo lanzó una carcajada de desprecio.

—¡Id, romanos! —gritó— ¡id allá! Los ricos me odian y su deseo sería aceptar vuestra petición entregándome á los enemigos: pero el pueblo me ama y no hay en Cartago quien se atreva á venir al seno de mi ejército para hacerme prisionero.

Llovían las flechas en torno de la nave; algunas balas de arcilla rebotaban en sus costados, y el piloto romano dió la orden de retroceder. Moviéronse los remos, y la nave comenzó á virar lentamente para alejarse del canal.