—¿Pero vamos á Cartago? —preguntó el griego.

—Sí; en Cartago nos oirán mejor —contestó uno de los legados—. Después de lo ocurrido, ó el Senado de allá nos entrega á Hanníbal ó Roma declara la guerra á Cartago.

—Id vosotros, romanos. Mi deber está aquí.

Y antes de que pudieran evitarlo los dos senadores y los legados de Sagunto que habían contemplado con asombro la anterior escena, el ateniense pasó una pierna sobre la borda y se arrojó de cabeza en la entrada del canal. Buceó un buen rato en las aguas profundas y salió á flote cerca de la orilla, á la que corrieron infantes y jinetes para hacerle prisionero.

Antes de pisar tierra firme, Acteón se vió rodeado por unos cuantos honderos que se metieron en el agua hasta la cintura para apoderarse de sus ropas sin partirlas con los camaradas. En un instante le arrebataron su espada celtíbera, la bolsa que pendía del cinto y una cadena de oro que guardaba en el pecho como recuerdo de Sónnica. Iban también á quitarle su túnica de viaje, dejándolo desnudo, y comenzaba á recibir golpes de aquella gente bárbara y cruel, cuando llegó Hanníbal, reconociéndolo.

—¡Has preferido quedarte! Lo celebro. Después de haberme causado tanto daño desde los muros de Sagunto, te arrepientes y vienes conmigo. Debía abandonarte en manos de estos bárbaros que te harían pedazos; debía crucificarte fuera de mi campamento para que te viese desde las murallas esa griega que amas: pero recuerdo la promesa que te hice un día y la cumplo acogiéndote como amigo.

Ordenó á uno de sus oficiales que cubriese las mojadas vestiduras del griego con un endromis, manto militar con capucha de largo pelo que usaban los soldados en invierno sobre su armadura. Después le hizo montar en el caballo de un númida.

Emprendieron la marcha hacia el campamento. Las tropas que habían corrido á la entrada del puerto se replegaban lentamente, mientras la nave se alejaba mar adentro, extendiendo de nuevo su velamen. En lo alto de la Acrópolis se había extinguido la humareda: sólo flotaban algunas nubecillas tenues. Adivinábase de lejos el desaliento producido en la ciudad por la inesperada fuga de la nave romana. Con ella parecía alejarse la última esperanza de los sitiados.

Las tropas de Hanníbal, al retirarse, comentaban la escena en la entrada del puerto entre su caudillo y los enviados de Roma. No comprendían las palabras que se habían cruzado; pero el acento enérgico del romano al hablar á Hanníbal, les parecía á todos ellos una amenaza. Algunos, queriendo hacer creer que habían comprendido al embajador, repetían un discurso imaginario, en el cual se amenazaba en nombre de Roma con pasar á cuchillo á todo el ejército y hacer morir á Hanníbal en una cruz. Repetían estas amenazas, aumentándolas cada cual con invenciones propias; y cuando las tropas se encontraban con otros destacamentos en el camino de la Sierpe ó en distintos puntos del valle, todos afirmaban haber visto las cadenas que enseñaban desde el buque los legados romanos para llevarse prisionero á Hanníbal, y un rugido de furor partía del ejército.

Hanníbal admiraba satisfecho la marea de indignación que rugía en torno de él. Los soldados, saliendo á su paso, le aclamaban con mayor entusiasmo; oía en todas las lenguas voces de muerte contra Roma, llamamientos al caudillo para que diese el último asalto á la ciudad, apoderándose de ella antes que los embajadores llegasen á Cartago, fraguando la ruina del joven héroe.