—Guárdate, Hanníbal —dijo un viejo celtíbero plantándose ante su corcel—. Tus enemigos de Cartago, los de Hanón, se unirán á Roma para perderte.
—El pueblo me ama —dijo el caudillo con arrogancia—. Antes que el Senado cartaginés escuche á los romanos, Sagunto será nuestra y los cartagineses aclamarán nuestro triunfo.
Acteón contemplaba con tristeza el aspecto desolado del paisaje, antes tan risueño y fértil. En el puerto no había otras embarcaciones que algunas naves de guerra de Cartago-Nova. La marinería dormía en el Fano de Afrodita después de apoderarse de lo mejor del templo. Los almacenes del puerto habían sido robados y destruídos; los muelles estaban cubiertos de inmundicias. En el campo no se encontraban ni los rastros de las antiguas quintas. La ferocidad de las tribus bárbaras llegadas del interior, su odio á los griegos de la costa, les habían impulsado hasta á arrancar los pavimentos multicolores, esparciendo sus piezas. Todo el valle era una inmensa y desolada llanura. No quedaba un árbol en pie. Para combatir el frío del invierno, habían arrancado los bosques de higueras, las dilatadas plantaciones de olivos, las cepas de los viñedos, destruyendo hasta las casas para calentarse con las maderas de las techumbres. Sólo quedaban en pie muros en ruinas y matorrales bajos. Una vegetación parásita que crecía rápidamente, fecundada por cadáveres de hombres y bestias, extendíase por todo el valle, borrando los antiguos caminos, escalando las ruinas y cubriendo los riachuelos que, con los cauces rotos, esparcían sus aguas, hasta convertir en charcas los campos hondos.
Era la obra de devastación de un ejército continuamente engrosado, compuesto de ciento ochenta mil hombres y muchos millares de caballos. Habían devorado en poco tiempo el agro saguntino. Los soldados, después de destrozar todo lo que no era de uso inmediato, extendían su rapacidad á las zonas cercanas, esparciendo cada vez más el radio de la destrucción conforme se prolongaba el sitio.
Los víveres venían ya de muchas jornadas de distancia; los enviaban las remotas tribus á cambio de la esperanza de botín que sabía infundirles Hanníbal, hablando de las riquezas de Sagunto. Los elefantes habían sido enviados algunos meses antes á Cartago-Nova por no ser de utilidad en el asedio y resultar difícil su mantenimiento en la asolada campiña.
Sobre el agro aleteaban los cuervos en ondulantes fajas negras. De entre los matorrales surgía el hedor de los caballos y mulos pudriéndose abandonados. Al borde de los caminos, con los miembros sujetos al suelo por pedruscos, veíanse los cuerpos de los bárbaros muertos á consecuencia de las heridas y que sus compatriotas, con arreglo á las costumbres de raza, dejaban abandonados á las aves de rapiña. La inmensa aglomeración había infestado el ambiente del valle. Vivían al aire libre, y, sin embargo, la suciedad del hacinamiento y el hálito de la muerte, parecían esparcir entre las montañas y el mar una atmósfera de mazmorra repleta de carne enferma.
Acteón, que viniendo de lejos percibía esta hediondez del campamento, pensaba con tristeza en los sitiados. Mirando hacia la ciudad, creía adivinar los horrores que ocultaban aquellas murallas rojizas, después de una resistencia de siete meses.
Aproximábanse al campamento. El griego vió que esta aglomeración militar había tomado el aspecto de una ciudad permanente. Quedaban muy pocas tiendas de lienzo y de pieles. El invierno, que ya tocaba á su fin, había obligado á los sitiadores á construir chozas de piedras con techos de ramaje; casas de madera que parecían torres y servían de apoyo á los baluartes que circunvalaban el campamento.
Hanníbal, como si adivinase los pensamientos del griego, sonreía fieramente contemplando la obra de destrucción realizada por su ejército en torno de la ciudad.
—Encuentras muy cambiado todo esto, ¿verdad, Acteón?