—Veo que tus tropas no han descansado mientras te alejaste para castigar á los rebeldes de la Celtiberia.
—Marbahal, el jefe de mi caballería, es un excelente auxiliar. Cuando volví me enseñó dos muros de Sagunto destruídos y una parte de la ciudad en nuestro poder. ¿Ves aquella altura cerca de la Acrópolis, dentro del recinto amurallado?... Pues es nuestra. Las catapultas que desde aquí se distinguen, disparan sobre Sagunto, que ha quedado reducida á una mitad de sus antiguos límites. ¡Y aún sueñan en defenderse! ¡Aún esperan auxilios de Roma!... Testarudos. Han construído por tercera vez una línea de murallas, y así se van estrechando y defendiendo hasta que sólo les quede el Foro, donde acuchillaré á los que sobrevivan... ¡Oh, ciudad orgullosa é indomable! Yo te haré mi esclava.
El africano cambió de conversación, fijándose en su antiguo compañero.
—Al fin has visto claro y vienes conmigo. ¿Vas á seguirme con entusiasmo? ¿Vendrás tras de mí en esa serie de empresas de las que te hablé un día, al amanecer, en este mismo campo?... Tal vez seas rey por haber seguido á Hanníbal como Ptolomeo lo fué por Alejandro. ¿Estás resuelto?...
Acteón se detuvo un momento antes de contestar, y en sus ojos leyó Hanníbal la indecisión, el deseo de engañarle.
—No mientas, griego: la mentira es para el enemigo ó para conservar la existencia. Yo soy tu amigo y he prometido respetar tu vida. ¿Es que no quieres seguirme?
—Pues bien; no —dijo con resolución el griego—. Mi deseo es volver á la ciudad, y si realmente guardas algún afecto al compañero de tu infancia, déjame partir.
—¡Pero vas á perecer ahí dentro!... No esperes misericordia si entramos á viva fuerza por la brecha.
—Moriré —dijo con sencillez el ateniense—. Pero ahí dentro hay hombres que me acogieron como compatriota cuando yo erraba hambriento por el mundo; hay una mujer que me amparó viéndome miserable, y me dió su amor y sus riquezas. Ellos me enviaron á Roma para que les trajese una palabra de esperanza, y yo debo volver aunque sea para infundirles la tristeza y el dolor. ¿Qué te importa dejarme libre?... Mañana tal vez podrás matarme. Dentro de Sagunto seré una boca más, y en ella debe reinar el hambre. Tal vez al decir yo la verdad, al verme que vuelvo sin auxilio alguno, decaigan sus ánimos y te entreguen la plaza. Déjame pasar, Hanníbal: con esto, tal vez sin querer, ayudo tus planes.
Hanníbal le miraba con asombro.