—¡Loco! Nunca creí que un ateniense fuese capaz de tal sacrificio. ¡Vosotros tan ligeros, tan dados á la mentira, tan falsos para satisfacer vuestro egoísmo!... Eres el primer griego que veo fiel á la ciudad que le prohijó. Cartago tuvo peor suerte con los mercenarios de tu país... Es imposible hacer nada de tí; eres un hombre incompleto: te domina el amor: no te satisfaces como yo con la hembra que ronda en torno del campamento, ó que se toma al asaltar una ciudad para regalarla después á la soldadesca. Te ligas á la mujer, eres su esclavo y buscas morir sin gloria, en un rincón obscuro del mundo, como soldado al servicio de unos cuantos mercaderes, sólo por volver á verla. Aléjate, loco: vete, te dejo en libertad... Nada quiero saber de tí. He deseado hacerte héroe, y me respondes como un esclavo. Marcha á Sagunto, pero sabe que la protección de Hanníbal te abandona desde este momento. Si caes en mis manos dentro de la ciudad, serás mi prisionero; jamás mi amigo.
Hanníbal, golpeando con los talones los hijares de su corcel, se metió en el campamento, volviendo altaneramente la espalda al griego. Éste vió llegar al poco rato un joven cartaginés, que, sin decir una palabra ni mirarlo siquiera, cogió las riendas de su caballo y comenzó á caminar hacia Sagunto.
Al llegar á los puntos avanzados del ejército sitiador, decía el cartaginés una palabra y Acteón pasaba adelante entre las miradas hostiles de los soldados, que conocían la escena del puerto y bramaban de coraje al pensar en las cadenas que los legados de Roma habían tenido la insolencia de enseñar á su caudillo. Aquel griego que iba á entrar en la ciudad sitiada, debía ser un acompañante de los legados; y muchos pusieron una flecha en el arco para disparar contra él, deteniéndose únicamente ante la fría y altanera mirada del joven cartaginés que hablaba en nombre de Hanníbal.
Llegaron á las ruinas del primer recinto amurallado. Al abrigo de ellas estaban las avanzadas del ejército sitiador. Allí echó pie á tierra el griego, y arrancando de un matorral una rama espinosa, avanzó, llevándola en alto como señal de paz.
Encontró enfrente aquella muralla que bajo su dirección había sido elevada en una noche para contener al invasor. Sobre ella sólo se veían los cascos de unos cuantos defensores. El sitiador dirigía todos sus ataques por la parte alta. El lado de la ciudad donde se habían desarrollado los primeros combates, estaba casi abandonado.
Los guardianes de la muralla reconocieron á Acteón, con grandes exclamaciones de sorpresa y alegría, y le arrojaron una cuerda de esparto para ayudarle á subir por las asperezas del muro, hasta que pudo introducirse por una brecha de la cresta. Todos rodearon con ansiedad al griego. Este creyó ver en torno de él un grupo de espectros. Sus cuerpos parecían próximos á escaparse de las amplias armaduras; los rostros amarillentos, tristes, apergaminados, se ocultaban bajo la visera de los cascos; y las manos descarnadas y con la piel rugosa, apenas si podían sostener las armas. Un fulgor extraño y amarillento brillaba en sus ojos.
Acteón se defendía con bondad de las incesantes preguntas. Ya hablaría oportunamente: debía antes dar cuenta de su misión á los ancianos del Senado. Un poco de calma: antes de cerrar la noche lo sabrían todo. Y lleno de conmiseración ante la miseria de aquellos héroes, mentía misericordiosamente, asegurando que Roma no olvidaba á Sagunto y que él era la avanzada de las legiones que enviaban los aliados.
De las casas inmediatas, de las callejuelas vecinas al muro, salían hombres y mujeres, atraídos por la noticia de la llegada del griego. Le rodeaban, le preguntaban; todos querían ser los primeros en recibir noticias, para esparcirlas por la ciudad; y Acteón, defendiéndose de ellos, contemplaba con terror sus caras amarillentas y enjutas, con la piel terrosa, marcando las aristas salientes del cráneo; los ojos hundidos en las órbitas negras, brillando con extraño fulgor, como estrellas moribundas reflejadas en el fondo de un pozo, y los brazos descarnados, que crujían como cañas al moverse con la nerviosidad de la emoción.
Púsose en marcha, escoltado por la multitud; precedido de muchachos horribles, completamente desnudos, cuya piel parecía romperse con la presión de las costillas que se marcaban una á una, y la cabeza enormemente gruesa sobre el cuello descarnado. Andaban trabajosamente sobre sus piernas, que parecían hilos, balanceándose como si éstas no pudieran soportar el tronco: algunos, para sufrir menos, se arrastraban por el suelo, faltos de fuerza para sostenerse.
Acteón vió en una esquina un cadáver abandonado, con el rostro cubierto de extrañas moscas que brillaban al sol con reflejos metálicos. Más allá, en una encrucijada, varias mujeres pugnaban por incorporar á un joven desnudo que tenía un arco abandonado á sus pies. El griego vió con horror su vientre hundido, encorvado, como un remolino de pieles entre los dos huesos de las caderas, que parecían salirse del cuerpo. Era una momia que aún conservaba una chispa de vida en los ojos y abría los labios negros y resquebrajados como si quisiera mascar el aire.