Atravesaba calles enteras sin que nuevas gentes se uniesen á su comitiva. Muchas casas permanecían con las puertas cerradas, á pesar del rumor del gentío; y Acteón comparaba esta soledad con la gran aglomeración de seres en los primeros días del sitio. Perros muertos, tendidos en el arroyo y tan descarnados como las personas, infectaban el ambiente. En las encrucijadas veíanse esqueletos de caballos y mulos, limpios y blancos, sin la más leve piltrafa á que pudieran agarrarse los repugnantes insectos que zumbaban en aquella atmósfera de ciudad moribunda.
El griego, con su rápido instinto de observación, se fijaba en las armas de los guerreros. Sólo veía corazas de metal: las de cuero habían desaparecido. Los escudos mostraban al descubierto sus tejidos de juncos ó de nervios de toro despojados de la envoltura de piel. En una esquina vió á dos viejos que se peleaban por una piltrafa negruzca y correosa. Era un pedazo de cuero reblandecido en agua caliente. Muchas casas de varios pisos habían sido demolidas para llevar sus piedras á las nuevas murallas, que cortaban los avances del enemigo dentro de la ciudad.
El hambre cruel y asoladora lo había barrido todo. Se aprovechaban las materias más fétidas y repugnantes. Parecía que los sitiadores hubieran entrado ya en la ciudad arrebatándolo todo; no dejando más que los edificios en pie para dar testimonio de su rapiña. El hambre y la muerte estaban entre los sitiados.
Cerca del Foro, vió el griego que una mujer se abría paso entre la multitud y le echaba los brazos al cuello, oprimiéndole amorosamente. Era Sónnica. También las privaciones del sitio habían dejado en ella profundos rastros. No presentaba el aspecto de extrema miseria de la multitud; pero estaba más delgada, más pálida, su nariz se había afilado, sus mejillas parecían transparentar una luz interior, y los brazos con que le oprimía habían enflaquecido y tenían el ardor de la fiebre. Una aureola amoratada rodeaba sus ojos, y su túnica, de gran riqueza, caía con abandono, en innumerables pliegues, á lo largo de su cuerpo, que al enflaquecer parecía mucho más alto.
—¡Acteón... amor mío! ¡Creí no verte más! Gracias, gracias, por haber vuelto.
Y abarcando su cuello con uno de sus brazos siguió marchando al lado de él. La multitud miraba á Sónnica con veneración: era la única en la ciudad que se sacrificaba por los miserables, repartiéndoles todos los días los últimos víveres de sus almacenes.
Acteón creyó ver confundido entre la muchedumbre al filósofo Eufobias, con las vestiduras más rotas que nunca, casi desnudo, pero con un aspecto de relativo vigor que contrastaba con la famélica miseria de la muchedumbre. En el Foro le saludaron de lejos con desmayada expresión, Lacaro y todos los elegantes amigos de Sónnica. Tenían aspecto de hambrientos; pero ocultaban su palidez bajo el colorete y toda clase de afeites, y ostentaban sus más ricas vestiduras, como si quisieran consolarse de las privaciones con la pompa de un lujo inútil. Los pequeños esclavos que les acompañaban, movían sus miembros descarnados dentro de las vestiduras bordadas de oro, y mirando sus pendientes de perlas, bostezaban dolorosamente.
La multitud se detuvo en el Foro. Los Ancianos se habían reunido en el templo inmediato á la plaza. Arriba en la Acrópolis era continuo el combate con los cartagineses que ocupaban una parte de la altura, y caían con frecuencia gruesas piedras de las catapultas. Algunas de éstas llegaban hasta el Foro, y muchas casas tenían desfondado el techo y desmoronadas las paredes por el choque de los enormes proyectiles.
Acteón entró completamente solo en el templo. El número de los Ancianos era menor. Unos habían perecido víctimas del hambre y la peste; otros, con ardor juvenil, habían corrido á las murallas para recibir la muerte. El prudente Alco parecía gozar gran ascendiente y figuraba á la cabeza de la asamblea. Los acontecimientos habían justificado aquella prudencia que le hacía declamar en otros tiempos contra las empresas belicosas de la ciudad y su afición á las alianzas.
—Habla, Acteón —dijo Alco—. Dinos la verdad, toda la verdad. Después de las desgracias que los dioses nos han enviado, estamos dispuestos á resistirlas aún mayores.