El griego miró á aquellos ciudadanos que, envueltos en sus mantos y con altos bastones de reyes, esperaban sus palabras con una ansiedad que pretendían ocultar tras su majestuosa calma.

Relató la entrevista con el Senado de Roma, la prudencia de éste, que le había impulsado á buscar términos conciliadores, la llegada de los legados ante Sagunto, la extraña manera de recibirlos usada por Hanníbal, y la marcha de los enviados hacia Cartago para pedir el castigo del caudillo y la libertad de Sagunto.

Este relato triste, fué haciendo desaparecer gradualmente la calma de los Ancianos. Algunos más violentos se ponían en pie y desgarraban sus mantos, dando alaridos de pena; otros, en su exaltación, se golpeaban la frente con los puños, rugiendo de ira al saber que Roma no enviaba sus legiones; y los más viejos, sin perder la actitud majestuosa, lloraban, dejando que sus lágrimas rodasen por las descarnadas mejillas, perdiéndose en sus barbas de nieve.

—¡Nos abandonan!

—¡Será ya tarde cuando llegue el auxilio!

—¡Perecerá Sagunto antes que los romanos lleguen á Cartago!

Duró mucho tiempo la desesperación de la asamblea. Algunos, inmóviles en sus asientos por la debilidad, pedían á los dioses morir, antes que presenciar la caída de su pueblo.

Parecía que Hanníbal estuviese ya en las puertas del templo.

—Calma, Ancianos —gritó Alco—. Pensad que el pueblo saguntino está fuera de esos muros. Si conoce vuestro dolor, cundirá el desaliento y esta misma noche seremos esclavos de Hanníbal.

Recobraron su calma lentamente los Ancianos, y se hizo el silencio. Todos esperaban los consejos de Alco el Prudente. Éste habló.