—No había que pensar en la entrega inmediata de la ciudad. ¿No era así?

Un rugido de indignación de toda la asamblea le contestó:

—¡Nunca, nunca!

Pues para mantener excitados los ánimos, para prolongar la defensa algunos días más, había que mentir, inspirar una esperanza engañosa á los saguntinos. No había víveres; los que estaban en las murallas con las armas en la mano, comían la carne de los últimos caballos que quedaban en la ciudad; la plebe perecía de miseria. Todas las noches se recogían centenares de cadáveres y se quemaban en seguida en la Acrópolis, por miedo á que los devorasen los perros vagabundos que, aguijoneados por el hambre, se habían convertido en verdaderas fieras, atacando á los vivos. Se murmuraba que, algunos extranjeros refugiados en la ciudad, en unión de esclavos y de mercenarios, se reunían por la noche cerca de las murallas para alimentarse con los cadáveres que podían arrebatar. Las cisternas de la ciudad estaban próximas á secarse; sólo se extraía de ellas el agua del fondo, revuelta con el barro que había precipitado la destilación; pero á pesar de esto, en Sagunto nadie hablaba de rendirse y había que continuar la defensa. Todos sabían lo que les esperaba al caer en manos de Hanníbal.

—He hablado con él —dijo Acteón— y se muestra inexorable. Si entra en Sagunto todos seremos sus esclavos.

Volvió á agitarse la asamblea con un movimiento de indignación.

—¡Moriremos antes! —gritaron los Ancianos.

Y rápidamente se acordó lo que debían decir al pueblo. Juraron todos por los dioses ocultar la verdad. Prolongarían el sacrificio con la esperanza de que aún llegase á tiempo el auxilio de Roma. Y componiendo el gesto para que nadie adivinase la desesperación de los Ancianos, salieron éstos del templo.

Pronto circuló entre la muchedumbre la noticia. Los legados se habían dirigido á Cartago para no perder tiempo en el campamento, y allá pedirían el castigo de Hanníbal. De un momento á otro iban á llegar las legiones que enviaba Roma para apoyar á los saguntinos.

La muchedumbre acogió estas halagüeñas noticias con un entusiasmo frío. Las penalidades del sitio amortiguaban su vehemencia. Además, se había enardecido tantas veces con la esperanza de los romanos, que dudaba de su auxilio, no creyendo en él hasta que viese llegar la flota.