Acteón se confundió con la muchedumbre hambrienta, buscando á Sónnica. La vió rodeada de Lacaro y los jóvenes elegantes. Cerca de ellos Eufobias sonreía á Sónnica, sin atreverse á aproximarse.
—Los dioses te han guardado en tu viaje, Acteón —dijo el parásito—. Tienes mejor aspecto que los que hemos permanecido en la ciudad. Bien se ve que has comido.
—Pues tú, filósofo —dijo el griego— no estás tan macilento y descarnado como los demás. ¿Quién te mantiene?
—Mi pobreza. Estaba tan acostumbrado al hambre en los tiempos de abundancia, que ahora apenas si noto la carestía. ¡Ventajas de ser filósofo y mendigo!
—No creas á ese monstruo —dijo Lacaro con repugnancia—. Es tan bárbaro como un celtíbero. Todos los días come; pero debían crucificarle en medio del Foro para que sirviera de escarmiento. Le han visto rondar por la noche cerca de las murallas con una turba de esclavos en busca de los cuerpos agonizantes.
El griego se separó con repugnancia del parásito.
—No lo creas, Acteón —dijo Eufobias—. Envidian mi parquedad de mendigo, así como en otro tiempo la insultaban. El hambre es mi antigua compañera y me respeta.
Se alejaron todos del parásito, y Acteón siguió á Sónnica á su casa. La hermosa griega vivía casi sola. Muchos de sus servidores habían muerto en las murallas; otros habían perecido en las calles, víctimas de la peste. Algunos esclavos, no pudiendo resistir el tormento del hambre, se fugaban al campo sitiador. Dos esclavas viejas gemían en un rincón, entre el amontonamiento de ricos cofres y lujosos muebles. Los grandes almacenes del piso bajo estaban vacíos. Una banda de chicuelos se había establecido allí y pasaban las horas inmóviles y al acecho, esperando que de los rincones saliese alguna rata, para caer sobre ella, como una bestia de inestimable valor.
—¿Y Ranto? —preguntó el griego á su amada.
—Pobrecilla; la veo de tarde en tarde. No quiere vivir aquí: se escapa cuando la hago traer para tenerla segura. Ha perdido la razón desde que vió el cadáver de su amante. Vaga día y noche por las murallas. Se presenta en los sitios de mayor combate, pasando insensible por entre los dardos, como si no los viera. Por la noche se oyen de lejos las canciones que entona llamando á Eroción, y muchas veces se presenta coronada con una guirnalda de flores de las que crecen en las murallas y pregunta por el hijo de Mopso, como si éste se ocultase entre los defensores. El populacho cree que está en comunicación con los dioses y la mira con respeto, preguntándola cual va á ser la suerte de Sagunto.