Pasaron la noche los dos amantes entre el amontonamiento de riquezas del almacén, tendidos sobre unos tapices, estrechándose amorosamente, insensibles á todo cuanto les rodeaba, como si estuvieran aún en la rica quinta del agro, al final de uno de aquellos banquetes que escandalizaban á los viejos saguntinos.
Transcurrieron algunos días. La ciudad había vuelto á caer en el marasmo, y tenaz en su resolución, seguía defendiéndose con el estómago desfallecido por el hambre. Los sitiadores no extremaban sus ataques. Hanníbal adivinaba sin duda el estado de la ciudad, y deseoso de evitar á sus tropas el derramamiento de sangre, dejaba que transcurriese el tiempo y mantenía el apretado cerco, esperando que el hambre y la peste completasen su triunfo.
Aumentaba la mortalidad en las calles. Ya no había quien recogiese los muertos; la hoguera que los consumía en lo alto de la Acrópolis se había apagado. Los cadáveres abandonados á las puertas de las casas, se cubrían de asquerosos insectos, hasta que las aves de rapiña bajaban audazmente por la noche al centro de la ciudad, disputando tenazmente su presa á los perros vagabundos de retorcida lengua y ojos de ascuas, convertidos en bestias feroces por el hambre.
Gentes hediondas, de aspecto salvaje, poseídas de la demencia de la extenuación, se arrastraban cautelosamente por las callejuelas, armadas con palos, piedras y dardos. Iban de caza así que cerraba la noche. Eufobias los guiaba, dándoles consejos con majestuoso énfasis, como si fuese un gran capitán dirigiendo á su ejército. Cuando conseguían matar un cuervo ó un perro salvaje, lo llevaban al Foro, chamuscándolo en una hoguera, y se disputaban á golpes los hediondos pedazos, mientras los ciudadanos ricos se alejaban desfallecidos, pero sintiendo náuseas ante tales horrores.
Comenzaba la primavera. Era una primavera triste que se manifestaba á los sitiados en las florecillas que surgían de las cabelleras de hierba de los torreones y los tejados de las casas. Había acabado el invierno y, sin embargo, hacía frío en Sagunto; un frío de tumba que sentían los sitiados hasta en los huesos. Brillaba el sol, y la ciudad parecía obscurecida por una bruma fétida que daba á las casas y á los seres un tinte plomizo.
Acteón, al dirigirse una mañana á la parte más alta del monte, donde continuaba el combate, encontró en el Foro al prudente Alco. El buen ciudadano revelaba en su aspecto tristeza y desaliento.
—Ateniense —le dijo con expresión misteriosa—. Estoy resuelto á que esto acabe. La ciudad no puede resistir más. Bastante ha esperado el auxilio de los romanos. Que caiga Sagunto y se avergüence Roma de su infidelidad con los aliados. Hoy mismo iré al campamento de Hanníbal á pedirle la paz.
—¿Lo has pensado bien? —exclamó el griego—; ¿no temes la indignación de tu pueblo al verte en tratos con el enemigo?
—Amo mucho á mi ciudad y no puedo presenciar impasible su sacrificio, su agonía interminable. Pocos lo saben; pero á tí te lo digo, Acteón, porque eres discreto. Estamos mucho peor que el pueblo se imagina. Ya no queda un pedazo de carne para los que defienden las murallas; esta mañana, de las cisternas apenas si se ha podido sacar barro. No tenemos agua. Unos cuantos días más de resistencia, y tendremos que comernos los cadáveres como esas turbas de desalmados que se alimentan por la noche. Tendremos que matar á los pequeñuelos para apagar nuestra sed con su sangre.
Calló Alco un momento, y se pasó la mano por la frente con un gesto de pena, como si quisiera arrojar lejos de él terribles recuerdos.