—Nadie mejor que los Ancianos —continuó— conocemos lo que ocurre en la ciudad. Los dioses deben temblar de horror contemplando lo que hace Sagunto al verse abandonada por ellos. Oye y olvida, Acteón, —dijo en voz muy baja y con acento de espanto—. Ayer, dos mujeres enloquecidas por el hambre, echaron suertes para escoger cuál de sus pequeños habían de devorar. Los Ancianos hemos cerrado ojos y oídos; no hemos querido ver ni escuchar, comprendiendo que el castigo sólo serviría para difundir más tales horrores. Los ciudadanos que pelean en las murallas, tragan el cuero de sus armas para engañar el hambre. La carne se despega de sus huesos, enflaquecen y caen como heridos por el rayo invisible de los dioses. Llevamos cerca de ocho meses de resistencia; dos terceras partes de la ciudad ya no existen. Hemos hecho bastante ante el cielo y ante los hombres para demostrar cómo cumple Sagunto sus juramentos.

El griego bajaba la cabeza, convencido de las razones de Alco.

—Además —continuó éste— el ánimo de la ciudad decae: se extingue la fe. Los presagios son todos en contra nuestra. Hay gentes que durante la noche han visto globos de fuego elevarse de la Acrópolis y huir hacia el mar, hundiéndose en las aguas como esas estrellas veloces que cortan con una raya de luz el azul del cielo. La muchedumbre cree que son los Penates de la ciudad que, adivinando la próxima ruina de Sagunto, la abandonan para ir á establecerse al otro lado del mar de donde vinieron. Anoche, los que velan arriba, en el templo de Hércules, vieron salir por debajo de la tumba de Zazintho una serpiente que silbaba como si estuviese herida. Era azul con estrellas de oro: la serpiente que mordió á Zazintho y fué causa de la fundación de la ciudad en torno de la tumba del héroe. Pasó entre las piernas de los asombrados guardianes, huyó monte abajo y se alejó por la llanura con dirección al mar. También ese nos abandona; el reptil sagrado que era como el dios tutelar de Sagunto.

—Tal vez no sea verdad —dijo el griego—. Alucinaciones de la gente atormentada por el hambre.

—Puede que así sea; pero acércate á las mujeres y las verás llorar, á pesar de su miseria, lamentando la fuga de la serpiente de Zazintho. Creen á la ciudad sin defensa, y muchos hombres se sentirán hoy más débiles en las murallas al conocer la extraña desaparición. La fe es lo que sostiene á los pueblos.

Permanecieron silenciosos los dos hombres un buen rato.

—Ve —dijo al fin el griego—. Habla con Hanníbal y que los dioses le inspiren la clemencia.

—¿Por qué no vienes conmigo? Tú que tanto has viajado y posees la elocuencia de la convicción podrías ayudarme.

—Hanníbal me conoce. He despreciado su amistad y me odia. Ve y salva á la ciudad... Mi suerte está echada. Ese africano no retrocede en su cólera. Perdonará á todos menos á mí. Yo moriré antes que verme esclavo ó agonizante en una cruz.