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La última noche
Era más de media tarde cuando Acteón, que estaba entre los defensores de la parte alta de la ciudad, vió aproximarse á Ranto por una callejuela inmediata á la muralla.
No había encontrado á la pastorcilla desde su regreso á Sagunto, y al verla reconoció en ella los estragos causados por las penalidades del sitio y el dolor que quebrantaba su razón.
Caminaba absorta, con la cabeza baja, y en su enmarañada cabellera asomaban algunas florecillas mustias, que soltaban á cada paso los pétalos muertos. La túnica desgarrada y sucia dejaba ver su cuerpo enflaquecido, que aún conservaba la esbeltez y frescura admiradas por el griego. El pecho se había desarrollado un tanto, como si el dolor madurase sus globos que apuntaban antes como capullos; los ojos, dilatados por la demencia, parecían llenar todo su rostro, esparciendo en torno de él una luz misteriosa, una aureola de fiebre.
Avanzaba lentamente: varias veces levantó la cabeza mirando á los hombres que estaban en lo alto de la muralla, y al fin, deteniéndose al pie de la escala de piedra, murmuró con voz suplicante que parecía un vagido:
—¡Eroción! ¡Eroción!...
Á pesar de que tras los manteletes de los sitiadores se notaba algún movimiento, como si éstos intentasen un nuevo ataque contra la ciudad, el griego descendió de la muralla con el deseo de ver de cerca á la joven.
—Ranto... pastorcilla, ¿me conoces?
La hablaba con tono cariñoso, cogiéndola las manos; pero ella se agitó, intentando desasirse, como si despertase sobresaltada. Después de este esfuerzo cayó en una absoluta postración, y fijando sus ojos enormes y asustados en el griego, exclamó: