—¡Tú!... ¡Eres tú!

—¿Me conoces?

—Sí: eres el ateniense; eres mi señor: el amado de Sónnica la rica... Dí, ¿dónde está Eroción?

El griego no supo qué contestar; pero Ranto siguió hablando sin esperar la respuesta.

—Me dijeron que había muerto; hasta yo misma creí verle tendido al pie de las murallas; pero no era verdad; fué un mal sueño. El muerto era su padre, Mopso, el arquero. Desde entonces que huye de mí, como si quisiera llorar á solas la muerte de su padre. De día se oculta. Le veo de lejos, sobre la muralla, entre los combatientes, y cuando subo en su busca, encuentro hombres armados y Eroción desaparece. Sólo me es fiel por la noche: entonces me busca, viene á mí. Apenas me agazapo al pie del muro y apoyo mi cabeza en las rodillas, le veo venir, buscándome en la obscuridad, arrogante y amoroso, con el carcax sobre la cadera y el arco cruzado en las espaldas. Por él huyen los perros feroces que se arrastran en la sombra y me husmean la cara, mirándome con ojos como brasas. Viene á mí... se sienta á mi lado; sonríe, pero siempre está mudo. Le hablo y me contesta su sonrisa; nunca su boca. Busco su hombro, como en otros tiempos, para descansar mi cabeza, y huye, desaparece como si lo tragasen las sombras. ¿Qué es esto, buen griego?... Si le ves, pregúntale por qué se oculta; dile que no huya... Él te quiere tanto, ¡tanto!... ¡Me ha hablado tantas veces con entusiasmo de tí y de tu país!...

Calló un momento, como si estas palabras hubiesen despertado en su memoria todo un pasado de recuerdos. Los agrupaba, los reunía con un esfuerzo penoso que se reflejaba en su rostro, y lentamente surgía en su memoria la imagen de aquellos días felices, anteriores al sitio, cuando ella y Eroción correteaban por el valle y tenían por casa todos los bosquecillos del agro saguntino.

Sonreía á Acteón, mirándolo cariñosamente, y le recordaba sus diversos encuentros: la primera entrevista en el camino de la Sierpe, cuando acababa él de desembarcar, pobre y desconocido. Después, el gesto de paternal protección con que les saludaba al encontrarlos en los campos, subiendo á los cerezos, disputándose entre risas el rojo fruto con los labios, y aquella sorpresa bajo las frondosas higueras, cuando ella, totalmente desnuda, servía de modelo al joven escultor. ¿Se acordaba? ¿No había olvidado el griego aquellos días de paz y felicidad?

Acteón los tenía presentes en su memoria. Duraba aún en él la impresión causada por la desnudez de la pastorcilla, y en aquel mismo momento sus ojos sondeaban los rasguños de la vieja túnica, buscando con deleite de artista los contornos del cuerpo algo enflaquecido, pero fresco y juvenil, con los tonos calientes de su piel color de ámbar.

Pero Ranto, después de evocar estos recuerdos, volvía á su desvarío. ¿Dónde estaba Eroción? ¿Le había visto? ¿Estaba arriba entre los defensores? Y el griego tornaba á contenerla, cogiéndola las manos, para evitar que subiese al muro.

Arriba, los defensores gritaban, disparando sus arcos, arrojando dardos y piedras. Había comenzado el ataque de los sitiadores. Pasaban por encima de las almenas, como obscuros pájaros, los proyectiles de fuera, y el muro se conmovía con sordos choques, como si los africanos lo atacasen con sus arietes y picos, para abrir brecha.