Acteón, que desde su regreso á Sagunto era el alma de la defensa, necesitaba subir al muro.
—Márchate, Ranto —decía apresuradamente—. Aquí van á matarte... Vuelve á casa de Sónnica... Yo te llevaré á Eroción... Pero huye, ocúltate. Mira como caen los dardos cerca de nosotros.
Y la empujaba rudamente, acabando por arrojarla lejos de la escalera, con impulso brutal, que la hizo doblar las rodillas.
El griego subió apresuradamente, oyendo sin inmutarse los mortales silbidos que rasgaban el aire cerca de su cabeza. Antes de que llegase á las almenas, sonó á sus espaldas un débil gemido, un grito dulce, que recordó á Acteón el balido de los cervatillos al recibir un saetazo en las cacerías. Al volverse, vió en mitad de la escalera á Ranto, que se doblaba hacia atrás para caer, con el pecho cubierto de sangre y clavada en él, una larga vara con cola de plumas, todavía temblorosa por los estremecimientos de la velocidad.
Había querido seguirle á lo alto de la muralla, y en la escalera la alcanzó una flecha de los sitiadores.
—¡Ranto!... ¡Pobrecita!...
El griego, obedeciendo al impulso de un dolor que él mismo no podía explicarse, pero que resultaba más fuerte que su voluntad, olvidó la defensa del muro, el ataque de los enemigos, todo, para correr hacia la joven, que se desplomaba con el suave desmayo de un ave herida.
Sosteniéndola con sus fuertes brazos, la bajó para tenderla al pie de la escalera. Ranto suspiraba, movía la cabeza como queriendo alejar el dolor que se apoderaba de ella.
El griego la sostenía por los hombros, llamándola con voz cariñosa:
—Ranto... Ranto...