En sus ojos, agrandados por el dolor, parecía condensarse la luz. Su mirada era ahora humana; perdía por momentos la vaguedad de la demencia. Parecía haber recobrado la razón á impulsos del dolor, como si en este supremo momento de lucidez, viera de un golpe todo el pasado.
—No mueras, Ranto —murmuraba el griego, sin darse cuenta de lo que decía—. Aguarda: te arrancaré ese hierro; te llevaré al Foro sobre mis espaldas para que te curen.
Pero la joven movía tristemente la cabeza. No: quería morir; quería reunirse con Eroción, cerca de los dioses, entre las nubes de rosa y oro, por donde paseaba la madre del Amor, seguida de los que en la tierra se amaron mucho. Había vagado como una sombra por entre los horrores de la ciudad sitiada, creyendo que Eroción vivía, buscándolo por todas partes, y Eroción había muerto; lo recordaba bien ahora: ella misma había contemplado su cadáver. Muerto él, ¿para qué quería vivir?
—Vivirás para mí —gritó Acteón, exasperado por el dolor, sin ver lo que le rodeaba, sin oir los gritos de los defensores en el inmediato muro y los pasos que sonaban á su espalda en una callejuela cercana—. Ranto, pastorcilla, escúchame. Ahora comprendo por qué deseaba verte; por qué tu recuerdo me asaltaba á veces allá en Roma, siempre que pensaba en Sagunto. Vive y serás para Acteón la última primavera de su existencia. Te amo, Ranto. Eres mi afecto postrero; la flor que se abre en el invierno de mi vida. Te amo, Ranto: te amo desde el día en que te ví desnuda como una diosa. Vive y seré tu Eroción.
La joven, pálida ya, con el rostro empañado por la sombra de la muerte, sonrió murmurando:
—Acteón... buen griego... gracias, gracias.
Y su cabeza resbaló entre las manos de Acteón, cayendo pesadamente en el suelo. El ateniense estuvo inmóvil mucho rato, contemplando con estúpida fijeza el cuerpo de la joven. El silencio que se hizo de pronto en la muralla, pareció despertarle del doloroso sopor. Los sitiadores habían suspendido su ataque. El griego se incorporó; pero volvió á arrodillarse para besar varias veces la boca todavía caliente de la pastorcilla y sus ojos inmóviles, desmesuradamente abiertos, en los cuales reflejábanse como en una agua muerta los rojos resplandores de la puesta del sol.
Al levantarse vió frente á él á Sónnica inmóvil, rígida, mirándole con ojos fríos é irónicos.
—¡Sónnica!... ¡Tú!
—He venido para decirte que corras al Foro. Un mensajero del campo enemigo se ha presentado en las puertas de la ciudad pidiendo hablar á los Ancianos. El pueblo está convocado en el Foro.