Á pesar de la importancia de la noticia, Acteón no se conmovió. Le preocupaba la fría rigidez de Sónnica.
—¿Desde cuándo estás aquí?
—Llegué á tiempo para ver como te despedías para siempre de mi esclava.
Calló un instante, pero como impulsada por un sentimiento superior á su voluntad, avanzó hacia él con los ojos centelleantes y las manos extendidas.
—La amabas, ¿verdad? —dijo con amargura.
—Sí —contestó el griego con voz tenue, como avergonzado de su confesión—. Conozco ahora que la amaba... pero también te amo á tí.
Permanecieron inmóviles largo rato, con la vista fija en aquel cadáver que les separaba. Era como un muro frío levantándose entre los dos, apartándolos para siempre.
Acteón sentíase avergonzado por el dolor que sus palabras causaban á aquella mujer que tanto le había amado. Sónnica parecía absorta por su inmensa decepción y contemplaba fríamente, con ojos de Némesis implacable, el cadáver de la esclava.
—Aléjate, Acteón —dijo la griega—. Te esperan en el Foro. Los Ancianos reclaman tu presencia para que sirvas de intérprete al mensajero de Hanníbal.
El ateniense dió algunos pasos, pero se detuvo, implorando dulcemente misericordia para el cadáver.