—Va á quedar abandonada... Pronto cerrará la noche, y los perros hambrientos... los desalmados que buscan los cadáveres...

Sentía escalofríos al pensar que aquel cuerpo hermoso que le había hecho estremecer de admiración, llegase á ser devorado por las bestias.

Sónnica le contestó con un gesto. Podía alejarse: ella permanecería allí. Y Acteón, dominado por la fría altivez de su amante, partió corriendo hacia el Foro.

Al llegar á la plaza comenzaba á anochecer. Ardía en el centro la gran fogata, que se encendía todas las noches para combatir el frío mortal de la ciudad en plena primavera.

Los Ancianos sacaban sus sillas de marfil al pie de las gradas del templo para esperar ante la muchedumbre al mensajero de Hanníbal. La noticia había circulado por toda la ciudad, y la gente se agolpaba en el Foro, ansiosa de escuchar las proposiciones del sitiador. Nuevos grupos desembocaban á cada momento por todas las callejuelas afluyentes á la gran plaza, donde se concentraba la agonizante vida de la ciudad.

Acteón fué á colocarse junto á los Ancianos. Extendió su vista y no vió á Alco. Estaba aún en el campo sitiador, y la llegada de aquel emisario debía ser consecuencia de su entrevista con Hanníbal.

Un senador le explicó el suceso. Se había presentado ante los muros un enemigo sin armas y tremolando una rama de olivo. Pedía hablar al Senado en nombre de los sitiadores, y la asamblea de los Ancianos creyó necesario reunir á toda la ciudad para que tomase parte en la suprema deliberación.

Habían dado orden de introducir al mensajero, y al poco rato se vió avanzar, rompiendo la aglomeración de la muchedumbre, un grupo armado, en el centro del cual marchaba un hombre con la cabeza descubierta, sin armas y levantando con la diestra una rama, símbolo de paz.

Al pasar junto á la hoguera dió de lleno en su rostro el resplandor rojizo de las llamas, y en el Foro se levantó un clamoreo de indignación. Le habían reconocido.

—¡Alorco!... ¡Es Alorco!