—¡Traidor!

—¡Ingrato!

Muchas manos buscaron la espada para caer sobre él; por encima de las cabezas de la muchedumbre se agitaron algunos brazos empuñando dardos; pero la presencia de los Ancianos y la triste sonrisa del celtíbero calmaron los ánimos. Además, el pueblo sentía la debilidad de la miseria; no tenía fuerzas para la indignación y ansiaba oir pronto al mensajero; conocer la suerte que le reservaba el enemigo.

Avanzó Alorco hasta colocarse frente á los Ancianos, y la gran plaza quedó en un silencio profundo, sólo interrumpido por el chisporroteo de los leños de la hoguera. Todos los ojos estaban fijos en el celtíbero.

—¿Alco el Prudente no está entre vosotros? —comenzó por preguntar.

Todos miraron en torno con sorpresa. Era verdad; hasta entonces no habían notado la ausencia de aquel hombre, que era el primero en todos los actos públicos.

—No le busquéis —continuó el celtíbero—. Alco está en el campamento de Hanníbal. Dolido del estado de la ciudad, comprendiendo que es imposible continuar la defensa por más tiempo, se ha sacrificado por vosotros, y á riesgo de morir llegó hace algunas horas á la tienda de Hanníbal para suplicarle con lágrimas que tuviese compasión de vosotros.

—¿Y por qué no ha venido contigo? —preguntó uno de los Ancianos.

—Sentía miedo y vergüenza de repetiros las palabras de Hanníbal, las condiciones que impone para que se entregue la ciudad.

Se hizo aún mayor el silencio. La muchedumbre adivinaba en el terror del ausente Alco las espantosas exigencias del vencedor, que hacían latir apresuradamente el corazón de todos, antes de conocerlas.