Iban llegando al Foro nuevos grupos de gente. Hasta los defensores de la ciudad abandonaban las murallas, atraídos por el suceso, y estaban allí, en las desembocaduras de las calles, centelleando al resplandor de la hoguera sus cascos de bronce y sus escudos de varias formas, redondos, estrangulados y de media luna. Acteón vió llegar también á Sónnica, que se abrió paso entre el gentío, yendo á colocarse junto al grupo formado por la juventud elegante que la admiraba.

Alorco siguió hablando.

—Ya sabéis quién soy yo. Hace un momento escuché amenazas, ví gestos de muerte al reconocerme. Comprendo la indignación al encontrarme frente á vosotros. Tal vez seré un ingrato; pero pensad que nací en otras tierras y la muerte de mi padre me puso al frente de un pueblo al que tengo que obedecer y seguir en sus alianzas. Nunca he olvidado que fuí el huésped de Sagunto; guardo el recuerdo de vuestra hospitalidad y me intereso por la suerte de este pueblo como si fuese la de mi misma patria. Pensad bien en vuestra situación, saguntinos. El valor tiene sus límites, y por más que os esforcéis, los dioses han decretado la ruina de la valerosa Sagunto. Lo demuestran con su abandono; y vuestro arrojo se estrellará ante su voluntad inmutable.

Las vagas palabras de Alorco aumentaban la incertidumbre del pueblo. Todos temían las condiciones de Hanníbal, por lo mismo que el celtíbero se retrasaba en exponerlas.

—¡Las condiciones!... ¡Dinos las condiciones! —gritaron desde varios puntos del Foro.

—La prueba de que he venido por interés vuestro —continuó Alorco como si no oyera estos gritos— está en que mientras habéis podido resistir con vuestras propias fuerzas ó esperar un socorro de los romanos no me he presentado á aconsejaros la sumisión. Pero vuestras murallas no pueden defenderos más; todos los días perecen de hambre centenares de saguntinos; los romanos no vendrán, están muy lejos y ocupados en otras guerras; en vez de enviaros legiones os envían legados; y por esto yo, viendo que Alco titubeaba en volver, arrostro vuestra indignación para traeros una paz que no es ventajosa, pero resulta necesaria.

—¡Las condiciones! ¡Las condiciones! —gritó la muchedumbre con un formidable aullido que hizo temblar al Foro.

—Pensad —dijo Alorco— que lo que quiera concederos el vencedor es un regalo que os hace, pues hoy es dueño de todo lo vuestro: vidas y haciendas.

Esta verdad terrible, cayendo sobre la muchedumbre, produjo el silencio.

—Sagunto, que está en gran parte destruída y cuyos extremos ocupan ya sus tropas, os la toma como castigo; pero permitirá que construyáis una nueva ciudad en el punto que Hanníbal os designe. Todas las riquezas que guardéis, tanto en el tesoro público como en vuestras casas, serán entregadas al vencedor. Hanníbal respetará vuestras vidas, las de vuestras esposas é hijos, pero tendréis que salir para el lugar que os designe sin armas y con sólo dos trajes. Comprendo que las condiciones son crueles; pero la desgracia os obliga á soportarlas. Peor es morir y que vuestras familias caigan como botín de guerra en manos de la soldadesca triunfante.