Terminó de hablar Alorco, y, sin embargo, continuó el silencio en el Foro; un silencio profundo, amenazante, igual á la plomiza calma que precede á una tempestad.
—No; saguntinos, no —gritó una voz de mujer.
Acteón reconoció á Sónnica en esta voz.
—No, no —contestó la muchedumbre, como un eco atronador.
Se agitaban, corrían de un lado á otro, se empujaban los grupos poseídos de furia, como si quisieran despedazarse, desahogando la rabia que les producían las condiciones del vencedor.
Sónnica había desaparecido; pero Acteón la vió volver al Foro, seguida de un cordón de gente; esclavos, mujeres, soldados, llevando todos sobre sus hombros los ricos muebles de la quinta, amontonados en el almacén; las arquillas de joyas, los suntuosos tapices, los lingotes de plata y las cajas de polvo de oro. La muchedumbre contemplaba este desfile de riquezas, sin adivinar el propósito de Sónnica.
—No, no —repetía la griega, como si hablase con ella misma.
Estaba fuera de sí por las proposiciones del vencedor. Se veía saliendo de la ciudad, sin más fortuna que una túnica puesta y otra sobre el brazo, teniendo que mendigar por los caminos ó trabajar en los campos como una esclava, perseguida por aquella soldadesca feroz, de diversas razas.
—No, no —repetía enérgicamente, abriéndose paso entre la muchedumbre, para llegar á la hoguera en el centro del Foro.
Estaba magnífica, con la rubia cabellera alborotada por la agitación, la túnica rota por los empellones del gentío, los ojos relampagueantes, con la expresión de una Furia, que encontraba amarga voluptuosidad en la destrucción. ¿Para qué las riquezas? ¿Para qué vivir? Y en su desesperada energía, mezclábase por mucho la amargura que una hora antes había paladeado ante el cadáver de su esclava.