Ella dió la señal, arrojando en la hoguera una imagen de Venus, de jaspe y plata, que llevaba en sus brazos, y que desapareció entre las llamas como si fuera un pedrusco. Los que la seguían, gente toda miserable y hambrienta, la imitaron con intenso goce. La destrucción de tantas riquezas, les hacía rugir de placer y dar saltos de alegría, á ellos, tan pobres, que habían pasado su existencia en las escaseces de la esclavitud. Caían en las llamas los cofrecillos de marfil, de cedro y de ébano, y al chocar con los leños, se abrían, derramando los tesoros de su vientre; collares de perlas, guirnaldas de topacios y esmeraldas, arracadas de diamantes, toda la gama de las piedras preciosas, que centelleaban un instante entre los tizones como maravillosas salamandras. Después caían los tapices, los velos bordados de plata, las túnicas con doradas flores, las sandalias de oro, las sillas con garras de león, los lechos con clavijas de metal, los peines de marfil, los espejos, las lámparas, las liras, los frascos de perfumes, las mesillas de ricos mármoles incrustados; todas las magnificencias de Sónnica la rica. Y la muchedumbre miserable entusiasmada por esta destrucción, aplaudía con rugidos, al ver la hoguera que crecía y crecía con tanto combustible, hasta elevar las llamas á considerable altura, arrojando chispas y cenizas sobre los tejados de las casas.
—¡Hanníbal quiere riquezas! —gritaba Sónnica, con voz ronca que parecía un aullido—. Venid, arrojad aquí todo lo vuestro: que el africano se lo dispute al fuego.
Pero no necesitaba extremar sus voces para que la imitasen. Muchos de los Ancianos, que habían huído en el primer instante de confusión, volvían al Foro llevando un cofrecillo bajo su blanco manto y lo arrojaban en la hoguera. Eran las riquezas que habían tomado en sus casas.
Sobre las cabezas de la multitud rodaban muebles y telas de brazo en brazo, hasta caer en el inmenso brasero, que cada vez elevaba más altas sus llamas, coronadas por un humo blanco y luminoso.
Era un holocausto en honor de los dioses mudos y sordos que estaban en la Acrópolis. Las casas parecían vaciarse para arrojar todos sus adornos y riquezas en la hoguera. Los hombres cumplían silenciosos y sombríos su anhelo de destrucción; pero las mujeres parecían locas, y desgreñadas, rugientes, con los ojos saltando de las órbitas, danzaban en torno de la inmensa hoguera, atraídas por las llamas, rozándolas con sus vestiduras, ebrias por el fuego, arañándose el rostro sin darse cuenta de lo que hacían y rugiendo maldiciones con su boca espumeante de rabia.
Una de ellas, como enloquecida por la ronda infernal, no pudiendo resistir la atracción del fuego, dió un salto, cayendo entre las llamas. Ardieron instantáneamente las ropas y el cabello, y flameó durante algunos instantes como una antorcha, desplomándose sobre los tizones. Otra mujer arrojó en el brasero, como si fuese una pelota, el niño que llevaba agarrado á su flácido pecho, y después saltó ella en medio de la fogata, cual si arrepentida del crimen, quisiera seguir á su hijo.
El fuego se había comunicado á las techumbres de madera de las casas del Foro. Una guirnalda de llamas comenzaba á rodear la plaza. El humo y el calor asfixiaban á la muchedumbre, y en esta atmósfera densa y negruzca, los muebles parecían andar solos camino de la hoguera, arrastrándose por encima de la muchedumbre.
Lacaro y sus elegantes amigos hablaban de morir. Aquellos seres afeminados discutían con una tranquilidad sublime el modo de caer. No querían seguir á Sónnica, que acababa de armarse con una espada y un escudo para salir contra el campamento sitiador y morir matando. Les repugnaba luchar con un soldado rudo y casi salvaje, percibir su hedor de fiera y caer con el pintado rostro partido de un golpe, cubiertos de sangre y revolcándose en el fango, como una res degollada. No les placía tampoco darse de puñaladas: era un medio gastado por los héroes. Morir en el brasero les parecía mejor; les recordaba el sacrificio de las reinas asiáticas, pereciendo en una hoguera de maderas perfumadas. ¡Lástima que aquella fogata oliese tan mal! Pero el momento no era de refinamientos, y echándose el manto sobre los ojos, uno tras otro, los jóvenes elegantes, empujando con el brazo depilado y perfumado á sus pequeños esclavos, entraron en la hoguera con tranquilo paso, como si estuvieran en aquellos días de paz en que paseaban por el Foro, satisfechos del escándalo que producían sus adornos femeniles.
Sónnica recogíase la túnica en torno del talle, dejando al descubierto la adorable blancura de sus piernas para correr con más desembarazo.
—Vamos á morir, Eufobias —dijo al filósofo, que contemplaba absorto este espectáculo de destrucción.